Un saludo que le cambió la vida

HISTORIA 27
Por Anna Vila

Lucho se abrió camino en España impulsado por su fuerza de voluntad. El alcohol y la fiesta, dos elementos que fueron esenciales durante mucho tiempo en su vida, pasaron a un segundo plano y, a pesar de tropezarse varias veces, consiguió tener su propio taller de coches: Garaje Paredes.

Lucho estaba hundido en lo peor de la crisis hace tres años. La actividad de su modesto garaje había caído en picado y su único recurso era sentarse y esperar. Y a ver si por casualidad alguien que pasara por la calle Benjamín de Tudela (Pamplona) requería de sus servicios. La espera se le hacía muchas veces interminable muchas, y entonces rompía a llorar. Fue uno de esos días de lágrimas y de impotencia cuando escuchó una voz desconocida que le saludaba. Se secó las lágrimas y se acercó a la puerta del taller. Era un sacerdote. Lucho le preguntó si necesitaba algo y el hombre de la sotana le dijo que no, que solo pasaba a saludarle. “En este momento me derrumbé, caí de rodillas a sus pies y volví a llorar”, explica con los ojos brillantes. Lucho y el sacerdote, Tomás Trigo, quedaron esa misma tarde para hablar. Esa conversación tambaleó la biografía del peruano y, a partir de este momento, su vida dio un giro de 180 grados.

Niñez
Lucho pasó toda su infancia en Lima y hasta los seis años pudo disfrutar de la riqueza de su abuelo materno, que tenía una gran cooperativa de café. Pero el abuelo fue asesinado por Sendero Luminoso, una organización terrorista que buscaba sustituir las “instituciones burguesas” por un régimen revolucionario campesino comunista, según anunciaban ellos mismos. Lucho fue testigo del crimen: “Lo vi todo, cómo mi abuelo caía en el suelo rodeado de un charco de sangre. Tenía demasiado [dinero] y por eso le mataron”, explica con los ojos vidriosos. A raíz de este trágico episodio, su familia se arruinó y su padre, que ya había tenido problemas con el alcohol, volvió a caer en él. Su hijo recuerda que se pasaba más tiempo en los bares con sus amigos que con su familia. “Tuve la suerte de que mi madre quería de verdad a mi padre y a nosotros, por eso creo que no nos abandonó viendo el panorama”.

Ir al colegio era toda una aventura para Lucho. Se levantaba a las cinco de la mañana, a las seis salía de su casa y andaba dos horas hasta llegar a la escuela. Las paredes del edificio estaban hechas de cañas de carrizo. En el colegio eran cuarenta alumnos en un mismo aula. La pizarra estaba dividida en columnas verticales según la cantidad de cursos diferentes que había. Una vez terminadas las clases tocaba volver hacer la excursión hasta casa. Lucho recuerda cómo a la vuelta su personalidad iba cambiando dependiendo del punto del camino en el que se encontraba: en momentos de la caminata era un niño feliz y jugaba junto a sus amigos a perseguir pajarillos, a coger frutas y a cazar insectos, pero la inocencia desaparecía de golpe cuando un grupo de terroristas se cruzaba en la misma ruta y empezaban a disparar.

Mala vida
El sueño de Lucho era conocer mundo, viajar a Europa, pero sus padres no podían pagarle los estudios. Así que a los 16 años, después de terminar la educación obligatoria, dejó su casa y se fue a Cuzco, donde su hermano mayor, Jorge, le acogió. Allí empezó a estudiar la carrera de Mecánica. “Al año y medio de estar allí empecé a conocer a la soledad”, se lamenta. Hasta entonces siempre había estado rodeado de su familia, pero allí solo tenía a su hermano que, al ya tener su vida medio construida con su novia, a veces dejaba a Lucho de lado sin darse cuenta. Para solventar este sentimiento de aislamiento se refugió en la bebida. Uno de los momentos más tristes que recuerda es la noche de Navidad de sus 23 años. Estaba solo en casa y decidió salir, comprarse una botella de ron y recorrer todas las calles de la ciudad. “A través de las ventanas de las casas veía a familias unidas, todos con una sonrisa y cantando villancicos, así que decidí pararme, sentarme en un portal e imaginar que mi vida era como la de ellos”, explica conmovido.

El alcohol se convirtió en su mejor aliado. Le acompañaba tanto de día como de noche, hasta que llegó un punto en que ya no le hacía efecto. “Estaba tan mal, que ya no sabía distinguir cuando estaba borracho o no”, recuerda avergonzado. Su hermano Jorge le echó de su casa, así que Lucho tuvo que buscarse la vida. Dormía donde podía, a veces en casa de alguno de sus amigos y, si no, en cualquier banco de la calle.

Tiempo después su hermano Jorge volvió en su rescate y le ofreció un trabajo en la compañía Corto Maltés. Consistía en conducir botes y llevar a grupos de turistas de visita por el Amazonas. A pesar de que Lucho nunca había conducido ningún bote, sabía que no podía seguir con el rumbo que llevaba. Así que decidió probar suerte e irse en busca de un nuevo capítulo de su vida, con la esperanza de que las cosas le fuesen mejor.

La selva
Aprendió rápido a manejar los botes y dejó el alcohol puesto que en la selva no había donde comprarlo. Casi sin darse cuenta, empezó a llevar una vida sana y responsable. También comenzó a estudiar inglés ya que era la lengua que hablaban la mayoría de los turistas: “Si quería ligar más, tenía que saber expresarme”, dice entre risas.

En una ocasión condujo por el Amazonas a dos turistas españolas, concretamente de Pamplona. Estas dos chicas, Lorea y Miren, tenían la misma edad que Lucho, 22 años, y durante los cuatro días que estuvieron en la selva establecieron con él una amistad que aún perdura. El día antes de la despedida Lucho las invitó a cenar e intercambiaron los correos electrónicos para mantener el contacto.

Y lo mantuvieron. Al principio se escribían frecuentemente pero con el paso de los meses la cadencia se fue reduciendo y la relación llevaba camino de quedarse en un bonito recuerdo.

Pero un año después, el día de su cumpleaños, Lorea y Miren le escribieron un correo electrónico para felicitarle. Le enviaron además algunas fotografías del viaje. “Aunque hacía apenas un año de aquello, recordarlo fue como volver a vivirlo”, relata Lucho. Pero además de felicitarle, las turistas españolas le ofrecían al que había sido su guía en el Amazonas ayuda para conseguir un visado que le permitiese viajar a España. Lucho no se lo pensó dos veces y aceptó: “No podía rechazar la oportunidad de convertir un sueño en realidad”, dice agradecido.

Los últimos meses en Perú los pasó con su madre, a la que tantos disgustos le había causado. “Me di cuenta en esas semanas de que había sido un auténtico egoísta. Mi madre lo dio todo por mí y yo me había olvidado de ella. No pensé que ella sufría al no tener noticias mías”, se lamenta ahora con los ojos inundados de lágrimas.

Pamplona
Lucho aterrizó en Pamplona en 2007, solo y con 340 euros en sus bolsillos.

Lorea y Miren estuvieron pendientes de él, sobre todo los primeros meses. Al principio quedaban al menos una vez al mes para cenar, pero más adelante, cuando Lucho ya hizo su propio grupo de amigos, distanciaron las cenas una vez cada tres meses. Esa tradición sigue vigente en la actualidad.

Lorea y Miren también le ayudaron a repartir currículums y a buscar trabajo. Adaptarse a la nueva ciudad no fue nada fácil para Lucho puesto que aterrizó en la capital navarra cuando los efectos de la crisis económica ya eran palpables. De los primeros meses en Pamplona no tiene muy buenos recuerdos. Nada le salía bien. Conoció a un pintor con el que estuvo varios meses trabajando pero nunca le llegó a pagar su sueldo. Consiguió una entrevista en Noáin a la que nunca llegó a ir porque se perdió por el camino. “Me quedé sentado en la parada del autobús y empecé a llorar, no tenía a nadie que me echase una mano”, explica Lucho, aún dolido.

Encontró por fin un trabajo en el centro comercial La Morea. Empezaba a trabajar a las seis de la mañana y como no tenía coche salía a las cuatro de la madrugada de su casa para llegar a tiempo. “Me veía reflejado en mi niñez cuando tenía que caminar también dos hora para llegar al colegio”, recuerda. Encontró otro trabajo en un taller de coches por las tardes. Finalmente terminó dejando el de la Morea porque en el taller le ofrecieron jornada completa.

La dueña del taller acabó proponiéndole que se quedara con el negocio y él lo compró, convencido de que podría sacarlo adelante. Pero se equivocó. El trabajo fue a menos y Lucho volvió a refugiarse en el alcohol. “Vi cómo el mundo se me caía encima, no tenía a nadie y el taller estaba en la ruina”. Aún así, Lucho cada día abría el Garaje Paredes y se sentaba allí esperando a algún cliente. “No recuerdo nunca haber llorado tanto”, cuenta de aquellos días que le sumieron en la tristeza.

Un saludo diferente
Todo cambió con la aparición de Tomás Trigo, el sacerdote que le devolvió las ganas de luchar contra los obstáculos y superarlos. Es paradójico el poder que puede llegar a tener un simple saludo, dos palabras: “Buenas tardes”. Lucho y el sacerdote quedaron ese mismo día para hablar. Él le contó con detalle su vida pasada, los problemas que tuvo con el alcohol y la recaída en la bebida. Después de sacar fuera todo lo que llevaba dentro sintió por primera vez una cierta paz interior. A raíz de aquella charla, Lucho decidió levantarse y empezar de cero. Comenzó por poner a punto su taller, lo limpió a fondo y lo dejó preparado para recibir en condiciones a sus futuros clientes. También se apuntó a algunos cursos de mecánica y de inglés. Cada vez que se venía abajo no buscaba el consuelo en el alcohol, sino en aquel hombre de sotana negra.

Con paciencia y con tiempo su negocio empezó a funcionar. El Garaje Paredes pasó de ser un taller desconocido a un negocio rentable, es más, él por sí solo no podía afrontar el trabajo y por eso, desde hace tres años, le ayuda otro chico. Siempre hay algún coche que necesita de las manos de Lucho para poder arrancar. “Es gracioso, pero podría llegar a definirme como un coche”, dice él con una sonrisa en la cara mientras explica que con un cambio de aceite el motor vuelve a arrancar. “Yo cambié el alcohol por sabios consejos, y gracias a esto he llegado hasta aquí”.

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