La mejor familia del mundo

HISTORIA 25
Por María Jiménez

Cuando a Marta Gimeno le preguntaban que quería ser de mayor, ella respondía que quería ser mamá. Un diagnóstico inesperado hizo cambiar sus planes: ella y su marido tendrían que viajar a Etiopía para encontrarse con su pequeña.

Los padres de María no saben dónde ni cómo nació su hija. Recuerdan que aquel día, el 19 de noviembre de 2013, estaban en plena maratón prenavideña y, a pesar de que hacía viento y frío, salieron a una zona montañosa cerca de Valencia a recoger piñas para hacer centros de mesa. Puede que mientras ellos rebuscaban entre la maleza, su hija estuviese naciendo. Lo hizo en Nazret, una ciudad de Etiopía situada a unos noventa kilómetros de la capital, Addis Abeba. Sus padres, Marta y Jesús, poco más saben de lo que ocurrió durante aquellas horas más allá de que la recién nacida llegó al orfanato donde la cuidaron hasta que ellos la recogieron. “Estoy segura de que querían que siguiese viviendo”, asegura Marta.

De pequeña, cuando a Marta le preguntaban qué quería ser de mayor, respondía que quería ser mamá. Era la primera de seis hermanos y, en cierta medida, había sido madre casi desde siempre. Los años demostraron que las cosas no serían tan fáciles como había imaginado. En 2006 se casó con Jesús, topógrafo de profesión, y pronto se dieron cuenta de que algo no marchaba bien. Comenzó entonces una época marcada por los tratamientos, las inyecciones y los calendarios en busca de un bebé que no llegaba. “Recuerdo que llegó un momento que no podía más. En uno de los peores días, llegó una amiga y me contó que estaba embarazada. Me desmayé del dolor”, confiesa Marta.

Entretanto, un día tuvo un sueño que, con el tiempo, se demostró premonitorio: “Estábamos pasando el fin de semana con unos amigos y, por la mañana, mientras desayunábamos, les conté que había soñado que tenía dos hijos de raza negra, una niña y un niño, y que la niña tenía unas coletas muy grandes”. Aquello quedó en una anécdota. Tiempo después, cuando ningún método terminaba de funcionar, Marta pensó en tirar la toalla. El episodio coincidió con un funeral al que asistieron unos amigos de sus padres, un matrimonio que tenía seis hijos, tres adoptados y tres biológicos. La pareja invitó a Marta y a Jesús a pasar un fin de semana con ellos en Madrid. Al siguiente 19 de marzo, Marta le regaló a Jesús por el Día del padre la solicitud para comenzar el expediente de adopción. Fue el principio de un “embarazo de riesgo de muchos años”, como lo define Marta, que los llevaría a buscar a su hija a la otra punta del mundo.

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Marta soñó que tenía dos hijos negros. MARTA GIMENO

El viaje duró cuatro años y medio. Marta relata que fue una época de exámenes psicológicos, de trámites administrativos y de reuniones con otras familias que aguardaban la llegada de sus pequeños. También de episodios de euforia y de picos de desesperación, ansiando un momento que parecía no llegar nunca. La sede en Alicante de la ECAI (Entidad Colaboradora en la Adopción Internacional) se convirtió en la particular maternidad de unos padres que, en buena medida, parecían entenderse sólo entre ellos. “Para mí era como estar embarazada, pero ante los ojos de los demás, no tienes barriga, no utilizas más talla ni tienes ecografías que enseñar –explica Marta–.  Es un embarazo invisible”.

El expediente de adopción que debía convertir en padres a Marta y a Jesús apenas incluía datos de cómo sería su hijo. Sólo sabían que vendría de Etiopía y que tendría entre cero y tres años. Poco a poco, el matrimonio fue empapándose de la historia del país y de cómo vivían sus gentes, fueron acumulando libros sobre aquel rincón de África. A medida que pasaban los meses, también se saltaron algunos consejos: “Te dicen que no hagas ni compres nada hasta el final, pero yo decidí arriesgar: cambié dos veces de habitación, me volví loca comprando cojines de todos los colores, peluches y cuentos, y hasta le pedía regalos a los Reyes Magos. Siempre contaba con ella sin saber ni siquiera si existía”.

SOS por un bebé
A principios de 2013, una pareja de Valencia que había seguido un proceso de adopción paralelo al de Marta y Jesús ultimaba los preparativos para viajar a Etiopía a recoger a su hija. Días antes de la partida, recibieron un correo electrónico del orfanato de Addis Abeba: acababa de llegar al centro una niña que pesaba poco más de un kilo y necesitaban con urgencia leche para bebés desnutridos si querían mantenerla con vida. Un SOS en toda regla. El mensaje llegó hasta Marta, que enseguida entró en ebullición. “Lo dejé todo y me fui a conseguir la leche. Esa niña me necesitaba”, rememora. Intuía que quedaba poco tiempo para que le asignaran a su bebé y se le cruzó por la cabeza una idea: “¿Y si esa niña es la nuestra?”. Días después, Jesús viajó hasta Alicante para llevarle a sus amigos un cargamento de leche de emergencia. La pareja puso rumbo a Etiopía y, ya en el orfanato, encontraron a una bebé diminuta a la que alimentaron y a la que apenas despegaron de sus brazos durante varios días. A la vuelta, le hablaron de ella a Marta y a Jesús y le contaron que las cuidadoras la tenían constantemente en brazos a modo de incubadora. “Pesaba como una bolsita de arroz”, la describe Marta.

Tres meses después, el matrimonio recibió la llamada que llevaban más de cuatro años esperando. El 18 de febrero acudieron a las oficinas de la Consejería de Bienestar Social del Gobierno de Valencia donde les comunicaron que en Etiopía había una niña que podría ser la suya. Sólo había un problema: “Nos explicaron que tenía tres meses y que apenas pesaba dos kilos y medio”, recuerda Marta. Los responsables del proceso de adopción intuían que podía tener algún problema de salud que no le habían detectado y les pidieron que se lo pensaran bien. “No os hagáis ilusiones. Pensadlo bien, es muy pequeña”, les insistieron. “No tenemos que consultar nada, ¡es nuestra hija!”, le contestaron. Fue entonces cuando la funcionaria les confesó: “No quería decíroslo para no condicionaros, pero vosotros, sin saberlo, habéis estado alimentando a ese bebé”. Y les enseñó una foto: aquella “bolsita de arroz” a la que habían enviado un cargamento de nutrientes era María.

Apenas dos meses después, Marta y Jesús cogieron un avión que les llevaría hasta su hija. “Sólo con ver las lucecitas de la ciudad desde la ventana, me puse a llorar”, recuerda Marta. Aterrizaron de madrugada y, a la mañana siguiente, se plantaron en la puerta del orfanato. Los rodearon una marabunta de niños de cuatro, cinco y seis años que apenas les permitían caminar. “¿Son los papás de Sena?”, preguntó una cuidadora. Marta guarda en forma de vídeo en su teléfono móvil cada segundo de la escena que ocurrió después: una cuidadora le dio en brazos a María, envuelta en una manta de la que asomaban sus enormes ojos. “No sé cómo será un parto, pero dudo mucho que viva un momento más emocionante en mi vida –confiesa Marta–. Entonces pensé que menos mal que mi vida había sido así. Llevaba muchos años pensando que había sido una desgraciada, que por qué a mí, y en ese instante lo entendí todo. ¿Por qué había tardado tanto? ¡Porque era ella! Tenía que esperarla. Era la última pieza de un puzle que por fin encajaba”.

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La ‘bolsita de arroz’ era María y ya estaba en brazos de sus padres, Jesús y Marta. MARTA GIMENO

Una historia para el mundo
Horas después de tener a su hija en brazos por primera vez, Marta publicó una foto con la pequeña en su perfil de Instagram. Por entonces tenía una cuenta privada en la que apenas había subido un puñado de imágenes que desvelaban que ella y su marido estaban a la espera de uno más en la familia. Poco a poco, esta trabajadora social con espíritu de periodista fue mejorando sus fotografías del día a día de su pequeña y, a la vez que las publicaba, escribía algún retazo de su historia.

Un día decidió abrir al público su perfil y de repente empezaron a llegar los comentarios emocionados, los mensajes de personas anónimas a las que su historia, por algún motivo, les había conmovido. “Me di cuenta de que mi vida tenía repercusión en la vida de más gente y de que yo misma tenía la necesidad de que las cosas trascendieran a alguien”, explica. Una pareja que se había animado a iniciar el proceso de adopción, una chica adoptada que le confesó que, tras conocer su historia, se había reconciliado con su vida, otra pareja que incluso llegó a pasar un fin de semana en su casa… “Las personas que han aparecido en nuestras vidas son señales de que es el camino”, confiesa Marta.

Lo que comenzó como una cuenta de Instagram se convirtió después en una página web, www.mimarietaytu.com, que acumula más de 14.000 visitas en dos meses. En ella Marta ha revivido el proceso de adopción, ha escrito una crónica del cumpleaños de María y ha contado que esta “embarazada de nuevo”. Cuando se cumplió un año de la adopción de María, sus padres comenzaron el expediente de adopción de un niño que nacerá en Vietnam. “Yo siento que tengo otro hijo. Le rezo cada noche”,  desvela.

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María. MARTA GIMENO

Mientras transcurre una espera sin fecha de fin, María juega risueña en el salón de su casa. Su madre la coge en brazos y abre ante ella un cuento que la pequeña recita casi de memoria. La protagonista es Carlota, una niña que vive en un orfanato y a la que le anuncian que al día siguiente llegará una familia a adoptarla. Carlota pasa el resto de la noche soñando cómo sería la familia perfecta: podría ser una familia de pasteleros, para pasar el día entre tartas; o una familia de domadores de tigres, para vivir en un circo; o una familia de astronautas, para vivir en una nave espacial. A la mañana siguiente, Carlota conoce a los Pérez. La madre es funcionaria de correos; el padre, agente de seguros, y su hermano, un niño que no es precisamente astronauta, pero que le ha llenado el techo de su habitación de estrellas que brillan en la oscuridad. Y al final del cuento, cuando María es consciente de que llega la mejor parte, esboza una sonrisa para completar la última línea de la historia: Carlota había conseguido… “¡la mejor familia del mundo!”.

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Mientras Marta espera a su segundo hijo, María crece y juega en su hogar de Valencia. MARÍA JIMÉNEZ

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  1. Pingback: mi saquito de arroz | mimarietaytu

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