Un fraile con pendiente y tatuaje

HISTORIA 24
Por Amparo Fernández

Ricardo Aguadé Rodríguez ha pasado parte de su vida ayudando a drogadictos y ahora es profesor de Religión

Cuando uno imagina a un fraile, es común pensar en un hombre mayor, serio, callado, con sus ropas ocultas bajo un hábito. Por eso, la reacción al ver a Ricardo Aguadé Rodríguez por primera vez puede ser de sorpresa. Este dominico de 55 años va vestido con camiseta y vaqueros. Pero lo que más llama la atención de su atuendo son un pendiente en su oreja izquierda y un pequeño tatuaje en el antebrazo derecho.

Ricardo trabaja en el colegio Santo Domingo de Guzmán de Oviedo, de cuyo convento es prior desde hace un año. Imparte Religión a los alumnos de ESO y Bachillerato, y asegura que todos los años “alucinan” cuando el primer día de clase les dice que es fraile. No les encaja con el estereotipo que tienen en su cabeza. Además, la mayoría de sus profesores son seglares: en la comunidad hay quince frailes, casi todos mayores de sesenta años, y solo tres dan actualmente clase.

Su día a día pasa entre alumnos por la mañana y reuniones, catequesis, preparación de clases y correcciones por la tarde. También lleva el grupo de teatro que creó en el colegio en 2001, donde participan estudiantes de los últimos cursos. “El teatro siempre me pareció muy interesante, tanto en el plano educativo como para soltarse”, señala. Él mismo actuó en alguna obra cuando estudiaba en este colegio. La mayor parte de su vida ha girado en torno a los dominicos, y eso se nota en las constantes referencias que hace a esta orden y en cómo se le iluminan los ojos cuando habla sobre ellos. “Soy dominico y estoy enamorado de serlo”, cuenta.

Pero antes, tuvo una infancia no exenta de complicaciones. Su padre abandonó a su madre cuando él tenía tan solo unos meses. Poco después, Ricardo emigró a Alemania con ella. Sabe lo que significa marcharse de su tierra y ser extranjero: “Tengo grabado mi primer día en el jardín de infancia —dice—. Casi todos los niños rubios, yo morenito, sin entender mucho alemán, y me sentía diferente, objeto de todas las miradas”. Su madre intentó mantener vínculos con España; viniendo todos los veranos de vacaciones, por ejemplo. A los quince años volvió solo, pues su madre tenía la ilusión de que estudiase en su país de origen. Dice que guarda muy buen recuerdo de Alemania y que él es una “mezcla” de la educación que recibió en ambos países.

Ricardo foto 2

Lleva 32 años siendo fraile dominico. LAURA CARADUJE

De adolescente quiso ser médico, aunque también le gustaba mucho la Filosofía, “darle vueltas a las cosas”. De hecho, estudió un curso de esta carrera en la universidad. Durante sus años en el colegio no se planteó ser fraile, pero le daban clase muchos dominicos jóvenes cuya vida empezó a atraerle: “Me parecía gente muy abierta de mente y con mucha cultura”. En aquellos años no le interesaba mucho la Iglesia —“no era muy de misa”, dice—, pero sí las clases de Religión. “Siempre me fascinó la figura de Jesús de Nazaret. Me enamoré de alguna manera de ese personaje”. Un día, durante el curso antes de entrar en la universidad, le dijo por primera vez a uno de los frailes que estaba pensando en ser dominico. “Su reacción fue una gran carcajada. Supongo que yo no encajaba muy bien en el tipo de joven que quiere ser fraile”. De hecho, a casi todo su entorno le sorprendió: “Cuando se lo conté a mis amigos, pensaron que era una broma”. Pero después de ese primer momento siempre se ha sentido muy apoyado; sobre todo por su familia, que se lo tomó muy bien.

Entró en la orden de los dominicos en 1980. Primero hizo el prenoviciado y el noviciado, un periodo de prueba en el que se prometen votos temporales. Durante un tiempo, fue conociendo cómo era la vida de los frailes. También estudió Filosofía y Pedagogía tres años en Valladolid, y Teología otros tres cursos en Salamanca. Después, realizó la profesión solemne: un compromiso definitivo.

Esta orden da una gran importancia a la preparación intelectual, pero también a los compromisos sociales y religiosos, que todos los “aspirantes” a fraile tienen que asumir. Los últimos años que Ricardo estuvo en Salamanca quiso trabajar junto con otro compañero en un barrio muy problemático a las afueras de la ciudad intentando ayudar a chicos metidos en la droga desde su ámbito natural: la calle. “Nos sentábamos en una plaza, fumando algún cigarro, y se nos empezaron a acercar chavales a preguntarnos quiénes éramos y a fumar con nosotros”. Poco a poco fueron creando vínculos con ellos, se los llevaban de acampada, e incluso crearon una asociación juvenil. “Fueron unos años muy bonitos”.

Ya siendo fraile, se fue a una comunidad de dominicos en Madrid a seguir estudiando Teología. Allí también trabajó con los más desfavorecidos. Primero, en el barrio de Lavapiés, dando catequesis en una parroquia e intentando conectar con jóvenes que estaban “muy tirados por la calle”. Pero donde realmente tuvo una experiencia que le marcó fue en el barrio de Carabanchel, en un albergue para personas sin hogar gestionado por dominicos. Intentaban ayudarles a salir de su situación, con talleres de inserción laboral, asesoramiento psicológico y terapia para quien estuviera metido en el alcohol o en la droga. “Al albergue también venían chavales a los que habían echado de casa por ser drogadictos y porque habían robado a sus padres todo el dinero”.

Ricardo foto 3

Con un grupo de jóvenes en la parroquia Santo Domingo de Guzmán de Oviedo. CEDIDA

A nivel personal, esta experiencia fue muy gratificante para él. “Pero tampoco puedes quedarte en eso, porque no se trata de sentirme yo bien por lo que he hecho, sino de que la gente sea autónoma y prescinda de ti”. Sostiene que de esas situaciones es muy complicado salir: “La parte ‘fácil’ es el periodo de desintoxicación. El problema empieza cuando quieres que la persona inicie una vida normal”. Allí vio jóvenes que, para acceder a la droga, se prostituían o que acababan contagiados de SIDA y muriendo, “situaciones muy escabrosas que a su vez provocaban un deterioro en la salud tremendo”. Los últimos años que pasó en Madrid incluso vivió en un centro dependiente del albergue con varios de aquellos jóvenes. “Fueron unos años muy interesantes, pero las situaciones eran tan duras y veías tan pocos resultados que me acabaron afectando bastante”.

Necesitaba un cambio de aires: “Cuando estás trabajando en estas situaciones es todo tan urgente que lo demás pasa a un segundo plano; yo tenía mi comunidad pero pasaba la mayor parte del tiempo con los drogadictos, y ni siquiera encontraba ratos para pensar. ¡Ya no digo rezar!”. Los doce años que llevaba en Madrid empezaban a pasarle factura. “Me estaba dando cuenta de que incluso ya no era útil lo que estaba haciendo, porque para aportar algo a gente en situaciones así tienes que tener una gran serenidad y yo ya no la tenía; a veces, reaccionaba mal”. Por eso, en el año 2000 decidió volver a Oviedo para dar clases: “Me apetecía volver al lugar en el que había sido alumno”.

Y allí sigue 15 años después Richi, como lo nombran todos en el colegio. El fraile extrovertido que llama la atención por su apariencia, su modo de pensar y su capacidad para conectar con la gente joven.

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