Esperanza al otro lado de la orilla

HISTORIA 23
Por Patricia Rouzaut

Gabriela Andreevska es una macedonia de 25 años que ha dedicado los últimos seis meses de su vida a ayudar a los refugiados. Esta voluntaria ha recorrido diversos países para atender a las miles de personas que escapan del terror de la guerra. Una tarea hecha para valientes.

Al otro lado de la orilla se veían destellos de luces. Eran pequeños botes en los que llegaban entre 50 y 60 refugiados, dependiendo de lo que decidiera ese día el traficante de personas del otro lado del mar, en Turquía. Esas luces transmitían alegría, tenían un significado. Hay veces que otros barcos más grandes robaban a los sirios de los pequeños botes, otras que acababan todos en el agua y esos chalecos salvavidas, supuestamente efectivos, pero rellenos de papel, no eran suficiente para cumplir su función. Esa luz significaba mucho para voluntarios como Gabriela Andreevska. Para cruzar la frontera entre Turquía y Grecia el pasado verano había que jugarse la vida. Algunos ponían banderas como la alemana para protegerse de los piratas que acechaban. “Nos decían que no tocásemos los cadáveres, que fuéramos a salvar a los que llegaban vivos”, cuenta Gabriela, aún con el recuerdo de cientos de cuerpos sin vida en su cabeza. Un peligroso viaje en el que se siguen embarcando los refugiados.

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Gabriela Andreevska en una charla de la Universidad de Navarra organizada por AUNOM. ALFREDO PANADERO

A lo largo de este trayecto de oriente a occidente pasan muchas personas, y muchas historias. Gabriela durante los seis meses que ha estado como voluntaria ha recogido muchos de estos relatos vitales. “Hubo una chica siria que me contó con pavor cómo la habían montado en el bote y que lo primero que pensó es que no llegaría viva”, explica. Sin embargo, parece que este viaje ‘merece la pena’. La situación de los refugiados en Turquía aún es mucho peor que la que viven en Serbia, Hungría, Macedonia o Grecia. En este país, los sirios son ilegales, por lo que no pueden trabajar. Una paradoja ya que para obtener la residencia deben pagar 6.000 dólares cada uno. Por ello, desde verano ha sido muy frecuente ver a familias enteras de sirios pidiendo por las calles de ciudades como Estambul. También son frecuentes los campos de refugiados en este país. Sin embargo, pueden llegar a ser aún más peligrosos que dormir en la calle. Gabriela cuenta como un chico le contó en Turquía que su novia vivía en uno de estos campos. Con la promesa de conseguir trabajo y de salir del país la obligaron a prostituirse: “Es una mafia y es muy difícil salir de ahí”.

En Turquía los sirios no tienen permitido ir al colegio, y los alquileres de las casas son muy altos, un precio que no pueden pagar. “He llegado a estar en pisos de dos habitaciones en los que vivían 30 refugiados, está todo lleno de personas, gente por todas partes”, cuenta Gabriela. Un país en el que viven 137.000 niños sirios sin escolarizar. Otro lujo que no pueden permitirse es ser atendidos en un hospital. Esta situación hace que se embarquen en el peligroso bote. “Existe un enorme muro en la frontera entre Turquía y Grecia. Los gobiernos europeos se han gastado millones de euros para construir este tipo de fronteras que obligan a los refugiados a arriesgar su vida en el mar”, explica la voluntaria. Una vez en terreno heleno muchos no saben hacía dónde deben dirigirse, dónde dormirán esa noche o cuándo volverán a comer. Uno de los dramas que más le impactó a Gabriela fue el de los niños que llegaban solos: “Conocí a una niña de 15 años que no hablaba ni una palabra de inglés y que llegó sola, ¿qué será ahora de ella?”. De hecho, la lengua es uno de los principales impedimentos para vivir en los países controlados por el daesh. Gabriela estuvo en Grecia con un afgano que escapaba de su país ya que este grupo terrorista había asesinado a su familia por una razón: hablaban inglés. “Los talibanes creían que colaboraban con Estados Unidos”, aclara la voluntaria.

Gabriela ayudando a un refugiado sirio en Turquía. CEDIDA

Gabriela ayudando a un refugiado sirio en Turquía. CEDIDA

Una vez que cruzan Grecia llegan hasta la frontera con Macedonia. El país donde Gabriela comenzó a entender qué es lo que estaba pasando en Europa. “En mi ciudad vivimos 5.000 habitantes, y sólo este verano han pasado 7.000 refugiados”, afirma. Las leyes de este país prohíben a los autóctonos llevar en coche a los refugiados, darles de comer o acogerles en su casa. Así, se ha montado un negocio de bicicletas para que puedan llegar antes a la siguiente frontera. El problema es que algunos macedonios han usado esta excusa para poder ganar dinero, y cobran entre 200 y 300 euros por bicicleta a los que quieren usar este medio de transporte. Muchas de estas personas llegan de medios rurales, por lo que nunca han utilizado una bici: “Las mujeres ponen a sus hijos en las cestas y muchos voluntarios les enseñamos a usarlas”. Una de estas mujeres, era profesora de química y buscaba llegar a la Unión Europea para conseguir medicinas para su marido enfermo que se había quedado en Siria. Ella viajaba sin dinero y con dos hijos.

“Uno de los peores momentos del viaje es cuando llegan al tren”, asegura Gabriela. La imagen de cientos de personas entrando hasta por las ventanas continúa en su cabeza. Este verano miles de refugiados se han montado en ese tren para conseguir llegar a Alemania. Este transporte cuesta un 300% más para los sirios, los afganos o los iraquíes que para los macedonios o los turistas. Las estaciones han estado colapsadas este verano, Gabriela recuerda que ayudó a una mujer afgana a buscar a su hijo: “Desesperada me pidió ayuda y al final lo encontramos”. Pero este tren es sólo para refugiados: “El Gobierno de Macedonia ha establecido que los locales no podemos cogerlo, están fomentando una situación de segregación racial. Incluso, llegaron a decir que portaban enfermedades para que nos separásemos de ellos”. Muchos de los soldados que vigilan las fronteras han recogido estas afirmaciones del gobierno y llevan mascarillas para protegerse.

“Estamos convirtiendo a nuestros países en unos estados en los que está prohibido ser humano”, sentencia la voluntaria tras haber vivido situaciones complicadas como la de una mujer afgana que no podía estar con su familia. Sus hijos y su marido estaban a un paso, al otro lado de la frontera. Las leyes son las leyes: “Nosotros condenamos al terrorismo por ir en contra del hombre, de la vida, y estamos haciendo lo mismo”. Un chico de Siria le contaba a Gabriela que él no entendía porque tenía que ir obligatoriamente a la guerra: “Yo no quiero matar y no quiero que me maten, pero eso no significa que no quiera a mi país”. Ahora está empezando a hacer frío, los campos de refugiados no tienen calefacción, así que hacen hogueras donde la leña se sustituye por cualquier cosa que tengan. Además, las fronteras se encuentran en lugares con fango que todavía dificulta más el tránsito. En verano los voluntarios les llevaban agua, comida, ropa e información de lo que está pasando. A veces, también bolsas de plástico para que pudieran taparse la cabeza los días de lluvia. Ahora protegerse del frío todavía va a ser más difícil.

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Refugiados protegiéndose de la lluvia en Grecia. GABRIELA ANDREEVSKA

“Los presentamos como víctimas, y lo son, pero al mismo tiempo son increíbles luchadores. Sonreían en cualquier situación, y eso nos daba ejemplo a los voluntarios”, cuenta. Luchan por mantenerse vivos. Por ello, Gabriela anima a todas los europeos a conocerlos y asegura que no deberían juzgarlos antes de hablar con ellos: “Mucha gente me ha preguntado cómo es un refugiado, y siempre les respondo que son gente normal, como tú y como yo”. Gente capaz de montarse en un bote en busca de un atisbo de esperanza, como una luz que ilumina el otro lado de la orilla.

3 pensamientos en “Esperanza al otro lado de la orilla

  1. Todos podemos ser refugiados en cualquier momento sin esperarlo. Tienes una vida perfecta y de repente todo cambia. Hay que ser muy fuerte y valiente para salir adelante, dejarlo todo abandonado y buscar algo mejor para tu familia. Un gran testimonio y ejemplo para todos de humanidad.

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