El mejor maestro de España

HISTORIA 20
Por Ana Casas

De un día para otro, la nominación de César Bona al Global Teacher Prize cayó como una bomba. ¡Un maestro de Zaragoza nominado al Premio Nobel de los profesores! Su método era sencillo: aguijonear la curiosidad y la creatividad de los niños.

El cajón gitano
César aterrizó en la docencia como suceden las mejores cosas en la vida: por casualidad. Tras terminar Magisterio, empezó a dar clase en un “colegio de difícil desempeño”. “César, te ha tocado la peor clase”, le dijeron nada más llegar. Tras esos niños de cuarto de primaria se escondía una realidad compleja. De veinticuatro niños, veinte eran gitanos, una chica era rumana, otro de Gambia, una de Marruecos y una chica era paya. Sólo diez acudían a clase.

César Bona explica que en esas circunstancias “uno puede deprimirse o tomar los problemas como retos y ver qué se le ofrece”. Tomó el toro por los cuernos y les dijo: “Mirad, yo soy vuestro maestro, pero no lo sé todo y vosotros me podéis enseñar a mí”. Una niña dio el primer paso: “Pues yo te voy a enseñar rumba”, otro dijo que él las palmas. Finalmente, Javi, el cabecilla del grupo, afirmó: “Pues yo te puedo enseñar a tocar el cajón”. Y César se compró un cajón.

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César aprendiendo a tocar el cajón junto a Javi. CÉSAR BONA

Javi y César empezaron a quedar una hora antes de clase para que el profesor aprendiera del alumno. En dos semanas, estaban allí todos los niños porque les llamaba la atención que se les escuchara. “Fue una gran enseñanza para mí”, recuerda César, “entendí que los niños pasan muchas horas al día en clase y hay que hacerles participar”

Pero los problemas seguían: a sus diez años, algunos niños no sabían leer. César entonces montó una obra de teatro: a quienes leían mejor les daba papeles más largos, pero todos tenían que aprenderse su texto. Debían estar atentos durante las clases, porque el maestro gritaba “¡A ensayar!” en cualquier momento. “Eso fue en uno de los que llaman ‘colegios de difícil desempeño’. Jamás olvidaré a esos veinticuatro niños”, afirma César.

“Vosotros dos os vais a amar”
El segundo destino de César fue una escuelita rural en Bureta (Zaragoza) en la que recibían clase a la vez seis niños de entre cuatro y doce años. “Había una cooperación admirable entre todos ellos”, recuerda César. Cuando terminaba sus ejercicios, la niña de sexto de primaria se levantaba para ayudar al de cuatro años, o el de quinto curso explicaba a la de tercero. El verdadero problema lo descubrió al poco tiempo: “El niño y la niña de tercero no se dirigían la palabra porque provenían de dos familias que no se llevaban bien”. Esto condicionaba el clima del aula y del recreo, donde se veían obligados a repartir a sus compañeros de juegos.

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Fotograma del corto La importancia de llamarse Applewhite, con los dos protagonistas enamorados. CÉSAR BONA

Por aquel entonces, César iba a Bureta todos los días en coche, oyendo bandas sonoras de películas. Ese día, que le tocaba a Woody Allen, se le ocurrió la gran idea. Paró el coche en el arcén y lo tuvo claro: “Voy a hacer una película de cine mudo”. Reconoce entre risas que “fue una escena muy de película”. A la mañana siguiente, explicó su idea a su joven auditorio y empezó a repartir los papeles. Al llegar a los dos niños de tercero, les soltó: “Vosotros dos vais a ser los protagonistas y os vais a amar”. Las dos familias enfrentadas se vieron forzadas a entenderse: había que confeccionar los trajes, buscar información, ensayar las escenas. Y todo “por culpa” del nuevo maestro.

Escena a escena, el resultado fue La importancia de llamarse Applewhite: un corto de cine mudo  ambientado en los años ’20 que fue un éxito en Bureta, pero también internacionalmente. Estos seis niños de un pueblo pequeño fueron premiados en el Festival Internacional de la India de Cine para Niños y con el premio CreArte del Ministerio de Cultura. “Pero lo que realmente merece la pena es que esas familias se traten con respeto. Da igual las carreras que tengas o los idiomas que hables, si no sabes comportarte con el que tienes al lado”, concluye César.

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Estas son varias “definiciones a nuestra marcha” propuestas por los niños. CÉSAR BONA

Una microsociedad creativa
Si algo es importante en las clases de César es la ilusión, la motivación, la curiosidad infantil. “Estos años, en distintos coles, me he dado cuenta de que en algo coinciden todos los niños: están como anestesiados, preparados para recibir y soltar información. En el momento en el que entran en el aula dejan de ser niños”. La creatividad es muchas veces relegada a un rincón, pero hay maneras muy sencillas de potenciarla. “Un día organicé un concurso de fruncir el ceño para ver quién lo hacía más rápido. ¿Función didáctica? No lo sé, pero los niños pasan mucho tiempo en el cole y el humor es fundamental”. También recuerda el día en el que les propuso una serie de palabras a las que tenían que dar nuevo significado. El resultado fue de una lucidez magistral.

César ahora mismo no está en su hábitat natural —el aula—, pero es por una buena razón: este año va a compartir su experiencia dando conferencias por España. “Algunos dicen que abandono las trincheras, pero para mí el aula no es una trinchera, sino un lugar lleno de ilusión: las trincheras son cosas de guerra, la ilusión es cosa de niños”. Y aunque esta historia no tiene un final hollywoodiense —lo siento, el Global Teacher Prize se lo llevó la estadounidense Nancie Atwell— lo verdaderamente importante permanece más allá de un galardón: la pasión de un maestro que apuesta por mejorar la sociedad.

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