Pièces du 13 novembre

HISTORIA 20
Por Beatrice Mocchi

Los recientes atentados de París han dejado un saldo estremecedor de víctimas mortales. Pero también han extendido por el subsuelo de la ciudad una extensa red tejida con los mejores instintos de la humanidad.

El 13 de noviembre, Samy Amimour hace saltar por los aires su chaleco de explosivos en la sala Bataclan. Su padre, Mohammed Amimour, había viajado a Siria un año antes para intentar que entrara en razón y dejara de ofrecer su apoyo al Estado Islámico. Le Monde, El País, The Guardian.

Entre los rehenes se encuentra un matrimonio español. Los disparos provocan en Juan Alberto González la reacción instintiva de proteger a su esposa. Cubre la cabeza de Ángela Reina con sus piernas, evitando que sea herida por las armas yihadistas. “Me intentó proteger, estoy segura”, escribirá Ángela días después. El País.

Una mujer, cuya identidad se mantiene anónima, grita agarrada al alféizar de una ventana del segundo piso: “¡Ayudadme! Estoy embarazada, ayudadme”. Daniel Psenny, periodista de Le Monde y residente en un piso contiguo a la sala de conciertos, descansa viendo una película. Al escuchar el alboroto, se asoma a la ventana. La mujer sigue gritando, pero un hombre tira de ella para meterla de nuevo en el edificio. Ambos sobreviven al infierno. Psenny baja corriendo las escaleras para abrir el portal y ofrecerlo como refugio. Recibe un tiro, pero antes de eso consigue poner a un hombre a salvo. El americano tiene una bala en la pierna, vomita, parece que va a morir. Son socorridos por miembros del RAID unas horas más tarde. El País.

19:15.- Sylvain Lapoix cena en un restaurante de la Plaza de la República. Toma una fotografía del plato recién servido y, cuando se dispone a publicarlo en las redes sociales, una noticia de última hora llama su atención: “Un tiroteo ha ocurrido en Bataclan”. No lo duda ni un solo instante. Publica el siguiente tweet:

“Aquellos que puedan abrir sus puertas, geolocalicen sus tweets + #PuertaAbierta para indicar los lugares seguros”.

“No soy socorrista ni bombero”, explicará más adelante. Pero es un buen conocedor de la web y, por ese motivo, el hashtag #PorteOuverte aparecerá más de 200.000 veces en Twitter.

Myriam Daoudi está visitando a su madre, que vive en un apartamento cercano a Bataclan. Al enterarse de lo ocurrido, ninguna de las dos tiene dudas: Myriam abre las puertas de casa, baja corriendo, grita a la gente que entre en su hogar. Hay treinta heridos confinados en la pequeña vivienda. Les ofrecen café, chocolate, ducha y cargadores para sus celulares. Muchos se ponen en contacto con sus seres queridos. Daoudi lleva el velo desde el año 2000. Se ha encontrado alguna vez en situaciones incómodas por ser musulmana y defender su fe. Pero esa noche no tiene que justificarse, sus actos hablan por ella. “Aquí está mi Islam”, comenta más adelante a Pascal Krémer, periodista de Le Monde, “abriendo la puerta a aquellos que tienen miedo”.

21:15.- Veronique Le Coq termina su dura jornada laboral como enfermera. Camina despacio hacia el metro, hablando por teléfono con una amiga, cuando escucha una primera ráfaga de disparos. Luego una segunda. Los transeúntes, asustados, hablan de un tiroteo. Una anciana es alcanzada por una bala. Corre hacia ella y con la ayuda de un bombero y del nieto de la señora la conduce hasta el hospital. Trabaja hasta la madrugada. Gracias a ella y a sus compañeros, unas treinta personas heridas en el atentado sobreviven. Le Monde.

21:45.- Rodolphe Paquin se encuentra trabajando en Le Repaire de Cartouche cuando una persona irrumpe en el restaurante. Está en shock, no consigue articular palabra. Le siguen unas cuarenta personas que piden ayuda. El jefe toma la decisión de cerrar las cocinas. Hacen espacio para refugiar a todos. Paquin pasa el resto de la noche sirviendo vasos de agua a todos aquellos que acaban de sufrir los ataques. Le Monde.

1:30.- Mohamed Moumni está viendo las noticias de los atentados por televisión hacia la una y media de la mañana. Decide que debe hacer algo, así que carga botellas de agua en su coche (es chófer de profesión) y, al pasar junto a la sala de conciertos, se ofrece a llevar a casa a cinco personas que han quedado confinadas tras el asalto. Las conduce a sus respectivos hogares, una por una. Hay una historia que le conmueve particularmente. Conoce a la esposa embarazada de uno de los rehenes, que los recibe a ambos con los ojos llenos de lágrimas. El hombre había estado intentando tranquilizarla por teléfono mientras Moumni, impotente al volante, no era capaz de articular palabra. “Me imaginaba el miedo que había tenido”, relatará después a Le Monde.

Antoine Leiris es el esposo de una de las víctimas del atentado. Tres días después de la tragedia, publica en su página de Facebook una carta dirigida a los terroristas que conmueve al mundo entero.

“No tendréis mi odio —les escribe—. El viernes por la noche robasteis la vida de un ser excepcional, del amor de mi vida, de la madre de mi hijo, pero no tendréis mi odio. No sé quiénes sois ni lo quiero saber, sois almas muertas. Si este Dios por el que matasteis ciegamente la otra noche nos creó a su imagen y semejanza, cada bala en el cuerpo de mi esposa debe haber supuesto una herida en su corazón. No. No os voy a conceder el privilegio de odiaros. Es lo que estáis esperando, pero si respondo a vuestro odio con rabia, estaré mostrando la misma ignorancia que os ha llevado a hacer esto. Queréis que tenga miedo, que mire a mis compatriotas con desconfianza, que sacrifique mi libertad en pro de mi seguridad. Habéis perdido. El juego continúa. La he visto esta mañana, por fin, tras días y noche de espera. Estaba tan guapa como cuando se marchó la noche del viernes, tan guapa como cuando me enamoré perdidamente de ella, hace más de doce años. Claro que estoy destrozado por la pérdida (os concedo esta victoria), pero es solo una pequeña victoria. Sé que estará con nosotros cada día y que nos encontraremos en el Cielo de almas libres al que vosotros jamás tendréis acceso. Somos dos, mi hijo y yo, pero somos más fuertes que todos los ejércitos del mundo. Sin embargo, ya no tengo más tiempo que dedicaros, tengo que atender a Melvil, que se despierta de la siesta. Solo tiene 17 meses, y tiene que merendar como cada día, luego jugaremos como cada día y, por el resto de su vida, este niño se opondrá a vosotros siendo libre y feliz. Porque no, tampoco tendréis su odio”.

Dos semanas después de los acontecimientos del 13N, continúan surgiendo las historias de aquellos que, aunque temerosos, salieron a la calle a ayudar a quienes necesitaban auxilio. Hasta en los momentos en los que el miedo se apodera de las calles, el ser humano es capaz de trascender y salir de sí mismo.

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