Un Quijote del patrimonio

HISTORIA 17
Por Roncesvalles Labiano

Restaurar fuentes medievales, ajustar el bandeo de campanas o acercar un crucero a los peregrinos. A sus 71 años, Juan Ramón Arruiz no duda en ponerse manos a la obra, literalmente, y movilizar a quien sea necesario para evitar que el patrimonio de Monreal se deteriore.

No pasea acompañado de un fiel escudero ni se enfrenta a gigantes con aspas, pero Juan Ramón Arruiz Gorráiz tiene algo de caballero andante. Como hacía el ingenioso hidalgo de la Mancha, Arruiz encadena aventuras y no duda en remangarse para llevar a cabo su cruzada particular: recuperar y conservar el patrimonio de Monreal, el pueblo en el que ha vivido durante casi treinta años. “Mi mujer me dice que soy un poco Quijote porque siempre me estoy metiendo en proyectos un poco locos”, comenta entre risas.

Este navarro nació en el pequeño pueblo de Eusa, en el valle de Ezcabarte, hace 71 años, pero su trabajo en la editorial Salvat le llevó a trasladarse a Monreal, una localidad situada a 18 kilómetros de Pamplona, cuando la empresa abrió un nuevo almacén. Entonces Arruiz vivía en la ciudad, pero en cuanto supo que iba a ser el encargado de la logística en Monreal comenzó a buscar una casa allí: “Es que yo soy de pueblo, pueblo”. No tardó mucho en encontrarla y mudarse con su familia. La vivienda era grande, estaba rodeada de campos de cereal y se encontraba algo alejada del núcleo urbano. Ya en los primeros paseos por el camino que unía la casa con el pueblo, algo llamó la atención de Arruiz: un pequeño pozo de piedra que se encontraba a un lado de la carretera.

La fuente medieval de Iturzar es la más antigua de Monreal. SIMEÓN HIDALGO

La fuente medieval de Iturzar es la más antigua de Monreal. SIMEÓN HIDALGO

Años más tarde, Juan Ramón supo que se trataba de la Fuente de los Moros o Iturzar y que era, probablemente, la más antigua del pueblo. Se trataba de una construcción de piedra formada por un aljibe o depósito de agua, con una capacidad de unos 5.700 litros, y por una cubierta en forma de bóveda de cañón que podía datar del año 1.200 o 1.300. Fueron las piedras exteriores las que llamaron la atención de Juan Ramón, que las veía cada vez que recorría la distancia que separaba su casa del pueblo. “Por aquel entonces, la fuente se estaba comenzando a deteriorar y con el tiempo pasó de ser un pozo a una selva de arbustos. El arbusto, si no lo cortas, llega un momento en que entra en la pared y estropea todo”. La conclusión de Arruiz era lógica: había que limpiar esa fuente.

Manos a la obra
Ideas y acción. Para Arruiz no se dan la una sin la otra. Por eso, poco después de jubilarse, en otoño de 2012, decidió calzarse las botas y ponerse manos a la obra. Durante una semana, dedicó cuatro o cinco horas diarias a cortar y quemar la maleza que amenazaba la Fuente de los Moros. Nadie sabía qué estaba haciendo, excepto su familia: “Más vale que ya me conocen y me aceptan como soy”. Salía muy temprano por la mañana o al atardecer para evitar las miradas de los caminantes que paseaban por allí. Prefería pasar desapercibido.

Pero Iturzar no era la única fuente histórica de Monreal y, cuando acabó de limpiarla, decidió seguir con el resto. Juan Ramón descubrió que, además de la Fuente de los Moros, el pueblo contaba con el aljibe del Castillo, Iturrotz y el depósito viejo de Ilarkoa. Con la lista en la mano, contactó con Simeón Hidalgo, experto en el románico de la zona de Izagaondoa e Ibargoiti, para que le asesorara. Los dos juntos recorrieron la que bautizaron como ‘La ruta del agua de Monreal’ y documentaron las características y estado de conservación de cada construcción. Para entonces, Juan Ramón ya se había propuesto conseguir, de una forma u otra, que ese patrimonio histórico no se perdiera. “Mis hijos no han conocido lo que es ir a por agua para cocinar, para lavar, el no tener ducha… A mí me ha tocado infinidad de veces ir a la fuente antes de la escuela y después —recuerda Arruiz―. Muchos críos piensan que toda la vida ha sido como ahora y creo que tenemos la obligación de mantener cómo funcionaba esto y enseñárselo. No perdamos de vista lo que éramos no hace mucho”.

Juan Ramón Arruiz no duda en trabajar e incluso poner dinero para conservar el patrimonio. RONCESVALLES LABIANO

Juan Ramón Arruiz no duda en trabajar e incluso poner dinero para conservar el patrimonio. RONCESVALLES LABIANO

Juan Ramón sabía que el tiempo corría en su contra, por eso no tardó en concentrar su atención y su trabajo en otra de las construcciones, el depósito viejo de Ilarkoa. “Cuando llegué ni siquiera se veía el pozo, estaba tapado por el bosque”. Lo que encontró al retirar la maleza fue una gran bóveda peraltada de medio cañón y un depósito con una capacidad de unos 42.000 litros. Según Hidalgo, parece que la función principal de este aljibe, construido en el siglo XIX, era almacenar agua que llegaba directamente hasta el pueblo sin que los vecinos tuvieran que acercarse hasta allá.

Arruiz actuaba por su cuenta, pero sabía que necesitaba ayuda. Con esa intención, acudió al ayuntamiento y planteó la necesidad de continuar con el trabajo que él ya había comenzado: recuperar y restaurar las fuentes. Tenía la idea de que ‘La ruta del agua’ podía ser, además, un reclamo turístico para el pueblo. Pero sus planes se toparon con un problema: la falta de dinero.

‘Auzolan’
Este escollo, que hubiera desanimado a muchos, no frenó a Juan Ramón. Planteó entonces la posibilidad de llevar a cabo el proyecto en forma de auzolan, es decir, que los propios vecinos de Monreal trabajaran desinteresadamente en beneficio del pueblo, un sistema comunitario muy utilizado antiguamente. “Yo creo que este es un pueblo grande y se puede encontrar personas que ayuden. ¿8 ó 10? Pues entre 8 ó 10 personas que dediquen 4 ó 5 cinco horas diarias, al cabo del año se pueden hacer muchas cosas. Y es que no hace falta mucho, aquí tenemos de todo: albañiles, electricistas… No hay más que ponerle ganas”. Arruiz consiguió que algún vecino le ayudara retirando piedras con el tractor, pero, por el momento, no ha dado con un grupo de vecinos que se comprometa a trabajar para recuperar y mantener las fuentes. Aun así, no se rinde: “Voy a hablar con dos o tres personas para empezar a hacer lo que sea, aunque sea quitar matas del camino, y de ahí a ver si arrancamos”.

El depósito viejo de Ilarkoa recoge las aguas que descienden de la Higa de Monreal. SIMEÓN HIDALGO

El depósito viejo de Ilarkoa recoge las aguas que descienden de la Higa de Monreal. SIMEÓN HIDALGO

Mientras busca voluntarios, Juan Ramón sigue intentándolo por la vía institucional y va a sugerir al ayuntamiento que el personal de mantenimiento que acude ocasionalmente a Monreal dedique algo de tiempo a mantener limpias las fuentes históricas. Sabe que, si insiste lo suficiente, puede conseguir que sus ideas se lleven a la práctica, pues ya lo ha conseguido antes con uno de los bienes patrimoniales que completan ‘La ruta del agua’: el antiguo lavadero. “Recuperarlo era una obligación del pueblo”, afirma Juan Ramón tras explicar la historia del edificio construido en 1909: “Un tal Crisantos Ayanz vino de América un invierno, vio a las mujeres lavando en el río y pensó: ‘¿Pero qué estáis haciendo aquí?’. Entonces hizo construir esto con su dinero y lo hizo público”. Con su insistencia, Arruiz consiguió que se aprobara un proyecto para cambiar el tejado y revocar las paredes externas, pero aún queda mucho por hacer en el interior, para el que Juan Ramón ya tiene algunas ideas en mente, como utilizarlo para exponer fotos y herramientas que muestren cómo se lavaba hace un siglo. “A veces hay que moverse y ser un poco pesado para que te hagan caso con estas cosas. Hay gente que es más esponja, te escucha, y otros que dicen: ‘este tío está loco’”.

Crucero, bordas y campanas
La cruzada de este Quijote para conservar el patrimonio de Monreal no se ha limitado a ‘La ruta del agua’. Otro de sus proyectos, para el que ya ha conseguido el apoyo del ayuntamiento, consiste en trasladar un crucero que se encuentra a las afueras del pueblo a una nueva ubicación para devolverle su sentido original: “Probablemente, el Camino de Santiago pasaba por el lugar donde se encuentra el crucero, pero por la moda o la necesidad se ha cambiado el recorrido. Por eso habría que mover el crucero, devolvérselo a los peregrinos”.

También propone que se restauren las bordas que se encuentran derruidas en el monte, de forma que vuelvan a ser útiles como refugio para montañeros, peregrinos o paseantes. “En la Higa de Monreal había una borda muy larga que hoy está derruida. Las piedras siguen allá, si se reduce el tamaño y hay voluntarios que se presten a trabajar, no hace falta nada más”, explica convencido Arruiz.

Las campanas de la iglesia también han llamado su atención. Desde pequeño, Juan Ramón ha sido un gran aficionado, de hecho encargó una de 13 kilos para utilizarla como timbre en su casa. Hace unos años, se cambió el sistema de bandeo de las de la iglesia de Monreal y el resultado no acababa de convencer a algunos vecinos, entre ellos Juan Ramón. De nuevo, se puso en acción. Estaba dispuesto a trabajar y a correr con todos los gastos. Contactó con otro vecino, que colaboró económicamente, y con un técnico de Madrid, que puso sus conocimientos. Entre los tres querían conseguir que las campanas volvieran a sonar “como gusta en Navarra”. Poco a poco fueron ajustando el bandeo, hasta que un día vieron que el campanero había vuelto a cambiar el sistema. “Nos dejó un poco dolidos, pero al menos recuperamos el dinero”, cuenta Arruiz, y añade: “Ahora estamos planeando retomar el proyecto, aunque necesitamos colaboración”.

Mientras haya patrimonio que proteger, este Quijote contemporáneo tiene claro que no dudará en salir y enfrentarse a gigantes con aspas.

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