La Odisea a Pamplona

HISTORIA 16
Por Marta Doblas

Un chico negro camina por las calles de Pamplona. Ataviado con pantalones vaqueros y deportivas, escucha música en unos auriculares cuya diadema aplasta su densa mata de rizos diminutos. Dicen que todo el mundo tiene una historia que contar.

Cualquiera que se cruce con este joven atlético y de mirada simpática acertaría al deducir que, como a muchos chicos de su edad, le apasiona el fútbol. Sin embargo, la vida de Hervé Thera no es en absoluto comparable a lo que una persona corriente haya podido experimentar en tan solo 23 años. El relato de sus vivencias pone rostro y nombre propio a uno de esos lejanos conflictos bélicos que suelen mencionar los telediarios. Además de formar parte de la historia de su país, la aventura de Hervé es para su suerte o su desgracia también la de Blanca Beorlegui.

Esta enfermera ya jubilada de 71 años nació en Tiebas (Navarra) y pasó su infancia en Estella. Trabajaba en la Clínica Universidad de Navarra cuando le surgió la oportunidad de viajar a Mali para colaborar en un dispensario médico. A pesar de contar con valiosos recursos naturales como sal, oro y uranio, este país de África Occidental carente de costa es uno de los más pobres del planeta. La mitad de sus habitantes vive por debajo del umbral de pobreza, establecido por la ONU en un gasto de 1’25 dólares al día. La nación se divide políticamente en ocho regiones. El norte de Mali limita con el desierto del Sáhara, por lo que es una zona casi inhabitable, mientras que la mayoría de la población se concentra en el territorio meridional, cubierto por la sabana.

Hervé es el quinto hijo de un matrimonio de catequistas malienses. Blanca Beorlegui lo conoció en una localidad del sur llamada Togo, cuando él apenas tenía tres años: “Mi madre me llevaba al dispensario mientras ayudaba a Blanca. Ella me regalaba bombones para que dejara de llorar, y así nos hicimos amigos”, cuenta. Al poco tiempo, la enfermera se hace cargo del niño para que su madre pueda cuidar a los otros seis hermanos. Hervé pasa muchos días en el campo, pastoreando vacas junto a su padre, pero duerme en casa de la mujer española.

El chico crece con su familia y con Blanca, quien ya forma parte de esta. Cuando él tiene 12 años, la enfermera encuentra un trabajo en Ségou –la segunda ciudad más importante tras la capital, Bamako – como profesora en un colegio perteneciente a la congregación de religiosas María Inmaculada. Hervé decide mudarse con la que es prácticamente su madre adoptiva, aunque regresa a su pueblo durante las vacaciones para visitar a sus padres y hermanos. Una vez graduado en el instituto, Hervé se marcha en solitario a la Universidad de Bamako UCAO-UUBa. Blanca permanece dando clase en Ségou mientras Hervé comienza a estudiar Periodismo y Comunicación. El chico conocía a mucha gente porque jugaba al fútbol y siempre estaba metido en todos los líos: “A veces, algún colega me comentaba algo que yo había hecho en una fiesta y ni siquiera había ido. Era muy popular en el campus”, recuerda.

Hervé y un amigo en Mali, tras un partido de fútbol. HERVÉ THERA

Hervé y un amigo en Mali, tras un partido de fútbol. HERVÉ THERA

En ese mismo campus, situado muy cerca del palacio del entonces presidente del gobierno, Amadou Toumani Touré, se encontraba Hervé una mañana de marzo de 2012. Un policía irrumpió de repente en el aula donde estaba con sus compañeros y comunicó a los alumnos que no podían abandonar el recinto universitario. El ejército había dado un golpe de estado. En palabras del joven: “Los militares de las gorras verdes se habían sublevado contra el presidente y su guardia, los que llevaban gorras rojas”. Aquellos estudiantes nunca habían vivido nada parecido, creían estar dentro de una película. Salieron del edificio de la facultad y se sentaron en la hierba, a observar cómo caían las bombas sobre la residencia de Touré.

Desde algún tiempo atrás, el Estado maliense tenía problemas para disolver los grupos islamistas que se habían instalado en la región de Tombuctú, al norte del país, aprovechando las condiciones geográficas para esconderse. A estas células terroristas se había unido el Movimiento Nacional para la Liberación del Alzawad, una organización independentista de la zona septentrional. El presidente del gobierno había enviado al norte en dos ocasiones varias tropas militares, de las cuales no regresó un solo soldado: los terroristas los torturaron y asesinaron a todos.

El ejército, indignado ante la incompetencia del gobierno central y la falta de dotación armamentística, había decidido tomar el poder por la fuerza. Hervé relata su visión y la de sus amigos sobre lo que estaba sucediendo: “Al principio íbamos con los de las gorras verdes, porque estábamos hartos de que el presidente no hiciera nada. Pero mi madre me dijo que no sabíamos las consecuencias que puede traer un golpe de estado”.

A pesar de que los militares asumieron el control en la lucha contra los islamistas, sus armas eran muy rudimentarias. “Tenían que esperar a que se cargaran después de cada disparo, mientras las bombas de los islamistas perseguían a la gente por dentro de las casas”, explica Hervé. Así pues, beneficiándose de la inestabilidad política, los rebeldes independentistas avanzaban de norte a sur, imponiendo el islam en las principales ciudades. Comenzaron las persecuciones religiosas y las humillaciones públicas por las diferencias étnicas. Asediada ya Tombuctú, no tardarían demasiado en alcanzar la capital.

Actualmente Hervé estudia Comunicación en la Universidad de Navarra

Actualmente Hervé estudia Comunicación en la Universidad de Navarra. HERVÉ THERA

Mientras tanto, el curso académico continuaba en la Universidad de Bamako y Hervé no dejó de asistir a clase. Blanca, desde Ségou, hablaba por el móvil todas las noches con su hijo. Tanto ella, al tener la piel clara, como las monjas corren peligro por ser cristianas. Deben huir antes de que los terroristas lleguen a la ciudad. Blanca regresará a Pamplona, y la única opción para su hijo es marcharse a Burkina Faso con las hermanas de la congregación: “Fue el peor día de mi vida, estábamos los dos llorando por teléfono”.

Cuarenta y ocho horas después de que Blanca se fuera a España, cerraron el aeropuerto de Ségou. No había vuelta atrás. Sin embargo, Hervé no se daba por vencido. Pasó varios días dando vueltas a la cabeza, hasta que una mañana llamó a su madre y le dijo: “Yo no me voy a Burkina”. Después de una larga discusión a 2.500 kilómetros de distancia, la enfermera accedió a que el niño se reuniera con ella en España. Pero para hacer el visado necesitaba un pasaporte. Y todas las instituciones, incluso el propio Gobierno, estaban cerradas. Habría que conseguirlo como fuera.

De inmediato el chico empezó a preguntar desesperadamente entre todos sus conocidos, en busca de alguien que pudiera hacerle un pasaporte. En cuestión de pocos días, un amigo le dijo que tenía un tío policía que podía ayudarle.

Por su parte, Blanca removía cielo y tierra para hacer llegar a Mali los documentos de Hervé. El correo ordinario tardaría demasiado y tampoco era fiable que alcanzara su destino estando el país en guerra. La suerte quiso que una monja de la congregación viajara al país africano desde Madrid. En cuanto lo supo, Blanca arrancó el coche y pasó toda la noche conduciendo para entregar personalmente a la monja los papeles de su hijo. A los pocos días, la monja sostenía en la mano el visado de Hervé.

En junio de 2012, un vuelo procedente de Lisboa aterrizaba en el aeropuerto de Barajas. Un chico negro cargado de maletas atraviesa la terminal de salidas. Y Blanca suspira aliviada al comprobar que se trata de su hijo Hervé: “Pasaron cinco meses desde que mi madre vino a España hasta que llegué, pero para ella fueron como cinco años”.

Blanca y Hervé en el monte del Perdón, Navarra. HERVÉ THERA

Blanca y Hervé en el monte del Perdón, Navarra. HERVÉ THERA

 

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