Dar la vida por un río

HISTORIA 14
Por Beatriz Díaz

Muchas personas conviven de forma inconsciente con la naturaleza. Juan Antonio Díaz y Anunciación de Esteban conciben una vida ligada a la del río Arga, al que cuidan y valoran.

“Si ahora me dijese el río que se va a secar, le respondería que muero yo antes de que lo haga él. Incluso le dejaría si pudiera mi herencia. No me ha dado ninguna tristeza, todo alegrías”. Juan Antonio Díaz Lizarbe y Anunciación De Esteban Chocarro, de 82 y 80 años, nacieron en Berbinzana, un pueblo de la Zona Media de Navarra, y allí comenzaron una vida ligada a la del río Arga. Todavía hoy mantienen una relación muy especial con él. Cada mañana de verano sustituyen la piscina de Aranzadi y se sumergen en la corriente para navegar por sus recuerdos.

Para Toño y Nunci la corriente del Arga está cargada de recuerdos.

Para Toño y Nunci la corriente del Arga está cargada de recuerdos. BEATRIZ DÍAZ CASTELLANO

Otoño. Las hojas de los árboles yacen en el suelo. La mirada de Juan Antonio, Toño, empapada de nostalgia, se dirige hacia el agua. Su mano, llena de experiencia, sujeta la de su compañera de vida desde hace casi siete décadas, Nunci. Juntos se acercan lentamente hacia la orilla del Arga a su paso por Berbinzana entre susurros, con pasos medidos. “Cuando era una niña bajaba a coger agua al río para encontrarme con él”, recuerda ella con una sonrisa. Su marido deja resbalar el líquido transparente con un cariño paternal entre sus manos. “No está tan fría como pensaba”, dice.

Los cursos de agua siempre han sido el lugar de nacimiento de muchos pueblos y ciudades. Tiempo atrás, eran su fuente de vida. Ahora, el Arga es la fuente de recuerdos de Toño y Nunci. “Del río comían cuatro familias del pueblo”, asegura el berbinzanés. Su padre y muchos de sus antecesores eran conocidos como los pescadores del pueblo. Con ocho años acompañaba a sus tíos Julián y Eugenio y a su padre, Florentino, a surcar el agua en busca de pescado que posteriormente vendían de casa en casa en los pueblos de alrededor. En el invierno colocaban los peces en el granero sobre un plástico para que se secasen. Así, con el frío, se mantenían mejor. “Durante la noche comía caramelos que me daba mi madre para no dormirme. A las cuatro de la mañana nos levantábamos para intentar ganar algo de dinero con la pesca del día anterior. Íbamos andando con el burro cargado a Tafalla, Larraga, Lerín, Oteiza y Artajona. Podíamos llegar a recorrer fácilmente 30 kilómetros en una mañana”, relata. Al grito de “¡Don gracias! ¿Quiere usted madrillas?” ofrecían a los vecinos sus productos. Muchas veces no podían pagarles en el momento. “Eran tiempos muy difíciles. La gente no tenía dinero y confiabas, pagaban cuando podían. Aun así les dábamos el pescado porque si no, tendríamos que tirarlo”, añade. A veces, en lugar de ir andando, Toño acercaba el pescado con una bici vieja a las mujeres de la familia para que lo vendiesen. Esperaban en el llamado cruce de la Cadena y cuando tenían el producto cogían el autobús en dirección a Tafalla. “Un día llevaba el pescado a la Cadena y me crucé con una vaca brava que se había escapado de un pueblo cercano. Yo subía la cuesta y ella bajaba. Menos mal que no le dio por embestirme”, comenta entre risas. Para el berbinzanés el mejor momento de todas esas jornadas de pesca era ir a ver si había picado algo. “Era muy emocionante”, asegura.

Al matrimonio le entristece comprobar que el número de especies y la cantidad de piezas ha disminuido notablemente desde hace unas décadas. “Lo ríos antes eran millonarios porque había mejor pescado que en el mar y no se supo aprovecharlo. Se podían encontrar truchas, ranas, cangrejos, camarones, anguilas, barbos, madrillas, boguetes, negrillas…”, enumera él. Nunci cuenta que, durante la Guerra Civil, los soldados que llegaban al pueblo ponían cestas en los ojos del puente, por donde bajaba el agua, y decenas de madrillas que intentaban subir la rampa a contracorriente saltaban dentro. Su padre, Valentín, era pescador por afición. “Mi padre llegó a coger truchas de hasta seis kilos”, afirma. Pero el género más preciado entre los vecinos era la anguila. La madre de Toño preparaba una lista con todos los pedidos y, cuando los hombres llegaban con el producto, “se lo quitaban de las manos”. Pero conseguirlas no era tarea fácil. Montaban las cuatro barcas de madera que poseían en un carro tirado por una yegua y se trasladaban hasta Puente la Reina. Allí pasaban hasta ocho días con el fin de pescar todas las anguilas posibles con anzuelos a los que iban enganchadas pequeñas madrillas. Por las noches, dormían en el suelo. “Los ratones de campo se nos metían entre la ropa”, recuerda Toño. Se alimentaban de parte de las que pescaban y el resto las mantenían vivas en botrinos sumergidos en el río. “En aquellos tiempos también había muchas nutrias. A veces nos comíamos los restos de sus presas”. Podían llegar a coger hasta 40 kilos de anguilas al día y el kilo –cada una podía llegar a pesar hasta tres– costaba unas 40 pesetas. También iban en busca del preciado animal a ríos como el Ega. Era lo que más dinero reportaba a la familia Díaz. Pero no solo se hacían con pescado: “Cazábamos ratas de agua, a las que también llamábamos topos. Tenían una carne muy rica que a muchos nos encantaba. Había cientos de ellas”, relata. Recuerda que cuando tenía 26 años empezó a bajar la pesca. “Ya nadie compraba porque empezaron a utilizar insecticidas y otros productos químicos y todos iban a parar al río. Dejé de ver los barbos desde la ventana de casa. Finalmente, después de la guerra empezó a venir un camión por los pueblos a vender pescado y acabaron las vidas dedicadas a la pesca”, relata. El 7 de noviembre de 1957, Toño trasladó su hogar a Pamplona y, un año después, lo hizo Nunci. Aun así, el berbinzanés siguió pescando por afición y recorriendo los ríos navarros.

Toño daría la vida por el Arga antes de que él se secase. Gracias al río su familia ha podido comer durante décadas.

Toño daría la vida por el Arga antes de que él se secase. Gracias al río su familia ha podido comer durante décadas. BEATRIZ DÍAZ CASTELLANO

“La vida entera del pueblo, no solo la de los pescadores, giraba en torno al Arga”, cuenta ella. Las mujeres se arrodillaban en sus orillas para lavar la ropa. También se acercaban para depositar sus desechos, ya que no había váteres ni alcantarillado. En general, la vida social del pueblo se desarrollaba en el Arga. “Yo iba todos los días para encontrarme allí con él. Llegaba incluso a vaciar el pozal una vez que lo trasladaba lleno hasta casa para volver a bajar al río”, recuerda entre risas. Para bañarse, las mujeres utilizaban una combinación o una bata vieja y los chicos lo hacían desnudos. “No existían los calzoncillos”, dice Toño. “En el barrio nos juntábamos para hacer calderetes y por la noche las chicas íbamos a bañarnos”, comenta ella. Aprendían a nadar solos desde muy pequeños a base de lanzarse una y otra vez al agua. “Cuando el tiempo lo permitía nos pegábamos todo el día en ella. Comíamos e íbamos. No había otra cosa, era nuestro punto de encuentro para divertirnos”, asegura el berbinzanés.

Para el matrimonio el río Arga es un tesoro que no se valora. Les entristece saber que la cantidad de especies ha disminuido mucho.

Para el matrimonio, el río Arga es un tesoro que no se valora. Les entristece saber que la cantidad de especies ha disminuido mucho. BEATRIZ DÍAZ CASTELLANO

Desde hace más de diez años el matrimonio, durante los meses en los que no reside en el pueblo, traslada sus sesiones de natación a la piscina de Aranzadi de Pamplona. “No hay día que no vayamos a nadar a no ser que algo excepcional nos lo impida. El agua es lo mejor que hay. Nos da vida”, cuenta Nunci. Desde que era una niña, le gusta nadar “más que a las ranas”. Toño recuerda con nostalgia aquella agua cristalina: “Era más clara que la del mar”. Confiesa que si hubiese tanta pesca como antes, seguiría recorriendo Navarra con su caña. “Ahora mismo me traen una anguila de río y pagaría por ella. Se la cambiaría por la merluza o cualquier otro pescado de mar, sin duda. La pesca buena es la que siempre está en movimiento y se mantiene del alimento que le rodea”, añade. Pero valora que desde hace unos años se vuelva a controlar más la contaminación. “Hubo un tiempo en el que estaba muy sucio, pero eso ahora se sanciona más y el río está más limpio”. A pesar de que al matrimonio le gustaría recuperar el Arga que conocieron tiempo atrás, nunca han roto su relación con él. Son los más mayores de Berbinzana que se atreven a nadar cada mañana de verano en sus aguas. Toño, sujetando la mano de su mujer, se aleja lentamente de la orilla mientras dice: “El río nunca me ha dado ningún susto. Pero ya os he dicho que, si alguna vez me pasa algo y me ahogo, no me saquéis, dejadme irme con él”.

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