La cruz de Miguel

HISTORIA 13
Por Gonzalo Araluce

Me gustaría saber qué libro tenía Miguel entre sus manos. Era la mañana del 24 de mayo de 2000 y aquella iba a ser la última de su vida. Sierra Leona atravesaba uno de los conflictos civiles más cruentos que ha conocido África en los últimos años y el reportero español aspiraba –y así lo hacía– a cumplir con una máxima que había anotado en su cuaderno y que bien podría servirle de epitafio: “Hay historias donde lo más peligroso no es arriesgar la vida por contarlas, sino dejar de filmarlas”.

Es fácil imaginarse la silueta de Miguel Gil apoyada sobre uno de los árboles que se levantan en Rogbery Junction, un cruce de caminos próximo a la localidad de Lunsar. Si este rincón de Sierra Leona pudiese hablar, contaría historias de rebeldes, enfrentamientos con las tropas oficiales, de fuego, acero y sangre. Y de Miguel. Y de cómo murió en una curva próxima, junto al también periodista Kurt Schork, en una emboscada de los insurgentes.

Rogbery Junction (3)

Rogbery Junction. GONZALO ARALUCE

Ahora se respira allí el bullicio de un mercado; un bullicio comedido, templado por los zarpazos del ébola que han reabierto las heridas previas al armisticio, en 2002. Los habitantes del país combaten en esta ocasión contra un enemigo invisible, presente en todas partes, que, además de cobrarse sus víctimas, ahoga el incipiente crecimiento económico y social de la región.

Miguel hubiese contado esta historia. Porque el cámara de la agencia Associated Press se sentía interpelado por las grandes injusticias. Por eso se hizo abogado. Y por eso, en 1993, abandonó la abogacía para lanzarse a Croacia, en el corazón de la guerra de los Balcanes, a bordo de una moto de cross.

Le conmocionaban las imágenes que veía en la televisión; concretamente, las de un funeral en la que los asistentes, llorando todavía por la muerte de un ser querido, se refugiaban de los disparos de un francotirador. Y creía que, con el periodismo, podía ayudar a cambiar el transcurso de aquel conflicto.

Sierra Leona ocupa un lugar privilegiado entre los países más pobres del mundo. Foto de Freetown

Sierra Leona ocupa un lugar privilegiado entre los países más pobres del mundo. FREETOWN

Un encuentro fortuito
“Era un caballero”, dice de él José Luis Garayoa, religioso que fue secuestrado por los rebeldes el 14 de febrero de 1998. “Nunca olvidaré esa fecha –cuenta Garayoa, con indiscutible acento navarro–. En vez de flores [en referencia a la celebración de San Valentín], me echaron a patadas”.

El religioso, maltrecho por una fiebre tifoidea, pasó dos semanas arrastrando sus pensamientos por la selva, convencido, a ratos, de la inminencia de su final. Llegó a estar en el paredón. Pero los rebeldes lo liberaron y Miguel Gil, que merodeaba la región de Masiaka, fue el primero en encontrarlo. “¡El misionero! ¿Qué haces?”, gritó el periodista. Acto seguido, montó su teléfono satélite y se lo cedió a Garayoa.

El navarro recuerda con claridad aquel momento:

“Me contestó mi cuñado, se me cortó la voz y a ellos también… (Se emociona). Miguel inmediatamente hizo así (hace el gesto de dejar la cámara en el suelo). Cuando vio que yo me serené y que ya podía hablar sin llorar, volvió a grabar. Al final dijo: ‘Oye, sabes lo que mi madre reza por vosotros… Siempre le digo que yo no estoy tan loco como los misioneros, que voy siempre con el ejército y que ellos [los misioneros] son los que están por ahí perdidos”.

cruz de Miguel y Kurt

Cruz de Miguel y Kurt. CEDIDA

“Aquí mataron a su hermano”
15 de octubre de 2014. Le pedí a la hermana Elisa que me llevase al sitio en el que habían matado a Miguel. Sabía que Pato, la madre de Miguel, había erigido una cruz en este punto en junio de 2003. Aquel día la acompañaron a Rogbery Junction varios amigos de Miguel: el misionero español Chema Caballero, ocho o diez antiguos niños soldado, Gervasio Sánchez con su mujer y su hijo Diego, y Fernando Quintela con sus padres y su novia. El fotoperiodista Gervasio Sánchez inmortalizó el momento en que Chema y Pato rezaban ante la cruz, que tiene grabada una sencilla leyenda: “Os echamos de menos, Kurt y Miguel”. Mi padre, cuando le dije que iba a cubrir la epidemia del ébola en el país, me dio un rosario hecho con madera de olivos de Jerusalén. Quería dejarlo en la cruz de Miguel.

La vegetación había crecido demasiado en los once años transcurridos desde que se colocó la cruz. Una alfombra de hierba de más de dos metros de altura cubría el lugar y dificultaba la búsqueda. La hermana Elisa había visitado otras veces el lugar, pero ahora estaba desorientada: “Recuerdo que la cruz estaba en esta zona, en un espacio comprendido entre esta palmera y aquella”, afirmaba, a la vez que se bajaba del todoterreno con el que viaja por todo el país.

Lugar en el que mataron a Miguel

Lugar en el que mataron a Miguel. GONZALO ARALUCE

Pasamos más de una hora buscando la cruz, sin éxito. Ya a punto de rendirnos, apareció un grupo de jóvenes a bordo de una motocicleta –algo habitual en este rincón africano– y preguntaron qué hacíamos nosotros, opotos [“hombre blanco”, en temne], inspeccionando aquel lugar. “Aquí mataron a su hermano”, dijo la hermana Elisa, señalándome a mí.

Uno de ellos, vestido con una camiseta de fútbol del A.C. Milan, debió interpretar mi perplejidad ante aquella afirmación como desesperación por encontrar el lugar en el que habían abatido a tiros a Miguel. Enseguida sacaron unos machetes y comenzaron a abrir camino entre aquella muralla de hierba.

“¿Por qué les has dicho eso? Yo no tengo nada que ver con Miguel”, le dije a la religiosa. “Cuando un africano se encuentra con otro en algún lugar fuera del continente, se abrazan como hermanos”, explicó. Gotas de sudor recorrían su cara. “Siguiendo sus normas –prosiguió–, tú eres hermano de aquel periodista. Los dos sois españoles en Sierra Leona”.

Aquellos jóvenes se abrían paso con fervor entre la vegetación. El respeto a los muertos va más allá de las creencias de los sierraleoneses; forma parte de su esencia. Encontrar aquella cruz, entendían, era la única forma de que algún día me reuniese de nuevo con mi hermano. Febriles por el calor y por la trascendencia del momento, volcaban su alma en cada machetazo.

Aldea próxima al lugar en el que mataron a Miguel

Aldea próxima al lugar en el que mataron a Miguel. GONZALO ARALUCE

“Sorry, my friend”
Contagiados por ese entusiasmo, Elisa y yo nos dirigimos a una aldea cercana dispuestos a conseguir nuevas pistas sobre la ubicación de la cruz. Era tan pequeña que no tenía nombre y sus habitantes, tan pobres, que apenas vestían harapos. Tras hacer un par de preguntas, terminamos en la casa del jefe de esta villa, un anciano que nos recibió con solemnidad.

“Hemos venido a buscar a mi hermano”, fue la explicación que, sin pensar, le ofrecí. Si en ese momento me hubiese visto desde un cuerpo ajeno al mío, me habría visto diminuto. Al menos, así me sentía. El hombre afirmó con la cabeza y, entre gestos y un maltrecho inglés, aseguró que conocía el lugar exacto.

El virus del ébola estaba tan presente en el país que casi se podía ver, pero los chicos y el jefe de aquella aldea se apiñaban, sudorosos, entre los matojos de hierba. Buscamos hasta que a todos nos faltó el aliento. No había forma de dar con la cruz. “Sorry, my friend”, me dijo el chico de la camiseta de fútbol, después de un rato, con los ojos fuera de sus órbitas. Se notaba que de verdad me compadecía. Atardecía y desistimos de la búsqueda.

Quise agradecer a los chicos y al anciano sus esfuerzos por dar con la cruz de Miguel. Me guardé el rosario de madera que pretendía colgar en ella, reuní un fajo de billetes –el equivalente en Europa a diez euros– y se lo ofrecí. Todos ellos lo rechazaron: “Si nosotros buscásemos a nuestro hermano en tu país, nos ayudarías a buscarlo”.

Horas más tarde cogí el avión que debía llevarme a Madrid y me despedí hasta la próxima ocasión de Sierra Leona. La hermana Elisa se despidió con una promesa: “La próxima vez que vengas, la encontraremos”.

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