La mejor versión de uno mismo

HISTORIA 12
Por Rocío Del Prado

El albergue de Alcalá de Moncayo tiene capacidad para cien personas, un bar-restaurante y una dueña peculiar. Lo que hace distinta a Nonila no es el nombre que heredó de su abuela, sino sus 19 años de edad.

Sus mechas rubias y sus uñas pintadas le hacen parecer una más entre los cien alumnos de su clase. Un centenar de compañeros que cada quince días cambia por el centenar de clientes que le esperan en el pueblo aragonés de Alcalá de Moncayo. Allí, les atiende en el negocio que emprendió hace dos años: el albergue juvenil municipal.

“Cuando me entregaron las llaves del albergue fue un momento súper emocionante. Yo tenía un montón de ideas para que el negocio cumpliera mis dos objetivos principales: sacar adelante mi familia y poder ir a la universidad”. Antes de que la crisis económica frenara la construcción en España los padres de Nonila tenían una carpintería, varias propiedades y una vivienda de cuatro plantas. Ella era una estudiante de Medicina en potencia, en un colegio de pago.

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Albergue Alcalá de Moncayo. NONILA

“El futuro de todos empezó a ser cuestionado por dificultades económicas bastante notables. Nunca nos había faltado de nada. Pero nuestra vida cambió totalmente. No teníamos de qué comer, ni de qué vivir”. La familia de Nonila vendió sus propiedades y se trasladó a un pequeño apartamento que hasta entonces habían usado como casa de veraneo. Nonila dejó el colegio y se matriculó en el instituto de la zona. Sus padres comenzaron sin mucho éxito un negocio de comidas caseras, al que le siguieron algunos trabajos temporales. “Mi madre siempre ha sido una mujer sencilla y no se le caían los anillos por trabajar en lo que fuera”.

Sin embargo, cuando la familia de Nonila tocaba fondo económicamente, a la joven le surgió la oportunidad de emprender. En diciembre de 2014, a través de un conocido, supo de una subasta organizada por el ayuntamiento de Alcalá de Moncayo para la gestión de un local público de la Diputación de Zaragoza. “Nos reunimos toda la familia y pensamos el proyecto y los beneficios que obtendríamos. Conocíamos bien la zona, porque una de las varias propiedades que teníamos estaba en ese pueblo”. En un mes y medio, habían ganado la subasta y el proyecto del albergue juvenil estaba a nombre de Nonila que, como primera señal de su inexperiencia, firmó el contrato sin haber visto los dos edificios y el bar, que a partir de entonces gestionaría.

“El primer día llegué al albergue con las llaves en las manos y, cuando entré y vi el edificio, me llevé una gran desilusión. Estaba en condiciones lamentables, un sitio que supuestamente estaba listo para abrir al público resultó estar casi en ruinas. No tenía ni idea de cómo me iba a enfrentar a nada de eso”. Sin el mobiliario necesario en la cocina, con un sistema eléctrico ilegal y con las calderas y tuberías sin funcionar, Nonila puso en marcha un plan de reformas elaborado por ella misma que abarcó toda la primavera.

“El trabajo no solo consistía en limpiar y pintar, sino que tenía que conocer a proveedores y negociar con ellos, organizar una campaña publicitaria, la gestión y contabilidad, los permisos y muchas historias con las que no contaba. ¿Cómo pongo precio al café?, ¿contrato servicio de lavandería?, ¿qué gastos voy a tener? Había un montón de cosas a las que me enfrentaba y no sabía cómo, ya que jamás de lo jamases hubiera imaginado que tendría que hacer algo así y, por lo tanto, nunca me había molestado en aprender”.

Nonila con unos clientes

Nonila con unos clientes del Albergue de Alcalá de Moncayo. NONILA

En verano de 2014 llegaron los primeros clientes y Nonila se dio cuenta de que no estaba jugando al Monopoly. Se había sumergido en una empresa real. Su negocio no era compatible con las fiestas y salidas de fin de semana. Los estudios también dejaron de ser su prioridad y aunque se había matriculado en segundo de Bachillerato en el instituto, las comidas y las cenas ocupaban la mayor parte de su semana, a lo que se unía la atención del bar-restaurante los sábados y domingos.  “El albergue me exigía total dedicación, compromiso y seriedad. Para mí supuso aprender a respetar y a atender a todo el mundo por igual, a hablar cara al público, a regalarle momentos especiales a la gente, a cocinar, soportar horarios eternos, negociar con proveedores, gestiones bancarias… Supuso enfrentarme a cosas en las que nunca había pensado. Entré en un proceso de maduración cíclico y diario”.

El emprendimiento de Nonila fue una ola de renovación para toda la familia. El motivo por el que cada mañana cocinaba para cien personas era mejorar la situación económica en su casa, algo que fue logrando poco a poco. “Aunque mi sueño aún esté en camino, y a pesar de todas las dificultades que me han impedido el trabajo fácil, esto me ha servido para motivar a toda mi familia, para recobrar la ilusión y ahora las cosas empiezan a ir mejor”.

Ahora Nonila también vive su segundo sueño: ir a la universidad. “Me di cuenta de que no sólo debía ayudar a mi familia sino a todas las personas que pudieran verse en situaciones complicadas como la mía”. Por ello Nonila se matriculó en Derecho y decidió dejar la atención del albergue en manos de sus padres.

Aunque Nonila ya no vive en Alcalá de Moncayo, su negocio abre todos los días del año. Ella regresa cada quince días para echar una mano. Pero si le dices que regrese su mirada, no cambiaría sus años de emprendedora, por la selectividad, unos tacones o una fiesta. No se cambiaría por nadie. “Creo que toda adversidad hay que afrontarla como un reto y un modo de aprendizaje. Si uno hace las cosas con amor, respeto y prudencia siempre obtiene resultados maravillosos e increíbles. La adversidad nos ayuda a crecer y a formar la mejor versión de uno mismo”.

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