La vida en un tejado

HISTORIA 11
Por Rubén Elizari

Cuando el fuego empezó a devorar su vivienda, José Antonio Calviño no dudó en salir al tejado por un estrecho ventanuco con sus dos hijas pequeñas, su mujer y su suegra. Su iniciativa salvó a la familia.

La primera y única vez que su nombre había aparecido hasta entonces en los periódicos fue el día que nació Almudena. Las casualidades de la vida quisieron que la hija del matrimonio formado por José Antonio Calviño Coucheiro, un albañil gallego de 52 años, y Rocío Alvarado Chahua, dependienta de profesión y natural de Perú, fuera la última navarra nacida el 31 de diciembre de 2011. Llegó cuando faltaban un par de horas para las campanadas de medianoche y Diario de Navarra lo reflejó en un párrafo de la noticia publicada dos días después. Entonces, José Antonio Calviño, de ojos azules, barba pelirroja y grandes manos, jamás podría haber imaginado que tres meses después su nombre volvería a salir en un medio de comunicación. Esta vez lo haría inmortalizado en una imagen en la que aparecía sentado en un tejado resbaladizo con su bebé y su otra hija, Itziar, de nueve años, en brazos. De fondo, el humo negruzco de un incendio.

Aquella tarde de domingo, en Burlada, la localidad a la que se había mudado el matrimonio hacía casi quince años por el trabajo de él, el cielo era completamente gris. Amenazaba lluvia y no había ni una sola señal de que faltasen un par de semanas para  la primavera. Las pocas personas que había en la calle paseaban con el cuerpo encorvado hacia las baldosas empapadas de la acera, las manos en los bolsillos e incluso el rostro tapado con una bufanda, dejando únicamente al descubierto los ojos. A las 15.30 la tele era para la familia de José Antonio Calviño la mejor opción.

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La densidad del humo hacía imposible acceder a las escaleras. RUBÉN ELIZARI

Sentados en el salón de su ático de 90 metros cuadrados, en el último piso de un edificio de siete alturas, se encontraban el matrimonio, sus dos hijas (Itziar, de nueve años, y Almudena, de tres meses) y su suegra, Paulina, de 73 años. De repente, algo llamó la atención de toda la familia. Empezaron a escuchar gritos de la escalera.

Una de las habitaciones que se encuentran justo debajo del ático estaba ardiendo. Uno de los vecinos, Pedro, también un albañil de profesión, veía un partido de televisión en el sofá de su salón junto con su mujer, y sus dos hijos, Aimar y Maialen, de cinco y ocho años de edad respectivamente, cuando empezaron a oler a humo. Sobresaltado, Pedro se levantó, abrió la puerta del pasillo para saber qué ocurría, pero se chocó de bruces con una cortina de humo negro que le impedía respirar. Rápidamente marcó en su móvil el 112. Eran las 15.45.

Su mujer se apresuró a huir a la calle por las escaleras con sus dos hijos mientras Pedro aporreaba piso a piso todas las puertas del edificio de siete alturas. Con lo puesto, 29 familias salieron de la forma más ordenada posible a la seguridad que les brindaba el exterior. Mientras intentaban reponerse del susto y comprender bien qué estaba sucediendo, veían cómo las llamas sobresalían de la ventana de una de las habitaciones. Fue entonces cuando uno de los vecinos echó en falta a la familia de José Antonio Calviño. El humo había transformado el ático donde vivía en la celda de una cárcel: resultaba imposible salir.

La primera reacción de José Antonio Calviño fue descender las escaleras. De inmediato entendió eso hubiera supuesto una muerta segura por asfixia. Ni Paulina, su suegra de 73 años de edad, y con problemas de movilidad, ni su bebé de tres meses, y quizá ni él mismo, sobrevivirían a un descenso irrespirable en el que hubiesen tenido que bajar peldaño a peldaño completamente a ciegas.

Con un portazo impidió que siguiera entrando más humo en su casa. Corrió hasta el baño y de uno de los armarios cogió dos toallas. Las empapó, y regresó a la carrera hasta la puerta principal. Con fuerza, apretó esas toallas, convertidas en improvisada barrera, contra la rendija. José Antonio Calviño sabía que esa solución sólo duraría unos pocos minutos. Dudaba si serían suficientes hasta que llegaran los bomberos.

El piso de abajo seguía ardiendo y el olor a humo era cada vez más insoportable. Calviño pidió ayuda al 112. La operadora intentó tranquilizarle pidiéndole que se encerrasen en una habitación y esperaran. Los bomberos ya estaban en camino. No tardarían mucho en llegar. Él, en cambio, le dijo que el humo seguía entrando. “Moriremos asfixiados”, respondió. La solución que él propuso fue salir al tejado por un pequeño ventanuco para poder respirar. “Me dijeron que ni se me ocurriera”, explica Calviño.

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El ventanuco por el que logró salir al tejado toda la familia. RUBÉN ELIZARI

Pero su instinto de supervivencia le llevó a desoír a los técnicos del servicio de emergencias. Abrió el ventanuco de su ático que daba al tejado, con una ligera pendiente, y a una altura de unos 25 metros con respecto a la calle. Primero, trepó él por una mesa y coló su cuerpo menudo por el estrecho hueco. Afuera hacía frío y una fina llovizna añadía más peligro a la situación. Las tejas resbalaban.  Su mujer, Rocío, ayudó a su hija Itziar a salir al tejado. “Ven, ponte aquí, no te muevas. Pronto llegarán los bomberos”, intentó tranquilizarle su padre mientras su mujer colaba a su bebé de tres meses, envuelto en una manta, por el ventanuco. Él la abrazó con su mano izquierda. Y con la derecha, abrazaba a su otra hija. “No pasará nada. Ya veréis”. La mente de Calviño intentaba concentrarse en pensar que tenía que estar sentado y aguantar.

Dentro de la casa aún permanecían Rocío y su madre, Paulina. El tiempo corría en su contra. “Súbete a esta banqueta”, le indicó su hija a Paulina. Con esfuerzo y el apoyo de su hija lo consiguió. Y de ese improvisado peldaño, se subió en la mesa que había arrastrado hasta la pared. Paulina, sin salir al tejado, podía respirar. En el tejado Calviño resistía inmóvil junto a sus dos hijas. Su bebé lloraba de hambre y frío.

AUTOR: RUBÉN ELIZARI FECHA: 5 - 3 - 2012 LUGAR: BURLADA TEMA: FAMILIA CALVIÑO ALVARADO AFECTADOS POR INCENDIO

La familia Calviño-Alvarado al completo, poco después del incendio. De izquierda a derecha, Rocío con la pequeña Almudena en brazos, Itziar, Paulina y José Antonio. RUBÉN ELIZARI

Las sirenas de los bomberos ya sonaban en la calle. Aunque habían llegado, no podían acceder hasta ellos con el camión escala. Existía el riesgo de que la cubierta del edificio se viniese abajo por el peso y el calor de las llamas.  “¡Aguanta un poco más!”, gritaban dos agentes de la Policía Municipal de Burlada y un bombero que desde un edificio cercano contemplaban impotentes la situación.

Por fin, entre las tinieblas del incendio, aparecieron los bomberos en el ático. Protegidos con máscaras de oxígeno, reventaron la puerta del domicilio. La teoría decía que les bastaba con colocarse las “capuchas de rescate” que les había llevado, y seguir la luz de las linternas escaleras abajo. Ahora que habían llegado los bomberos, Calviño procuraba no pensar en que sus hijas podían caer al vacío. “Me daba un miedo terrible”, confesaría después. Concentrado en cada movimiento, soltó a su hija, Itziar, y coló por la ventana al bebé de dos meses. Se la entregó a un bombero. Después, hizo lo mismo con Almudena. En apenas unos minutos cruzaban la puerta de su portal donde les esperaba el resto de vecinos. Entonces, ya a salvos, Itziar, alumna del colegio Miravalles, pudo preguntarle a su padre: “Papá, ¿aún tengo que hacer los deberes?”.

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