Cincuenta años de gratitud

HISTORIA 10
Por Javier Marrodán

La infancia de Javier Ijurco fue razonablemente feliz gracias a la señora que lo tuvo de criado en un caserío de Gorriti (Navarra). Por eso dedicó alma y cuerpo a buscarla cuando supo que la mujer se había perdido.

foto de gorriti

Gorriti, el pueblo donde vivía María Concepción Garro. JMC

A María Concepción Garro Estanga la vieron por última vez el 2 de septiembre de 1992. Era viuda, vivía en la casa Txontonea de Gorriti —en el norte de Navarra—, había cumplido 86 años y arrastraba una salud delicada que no le impedía darse algunos paseos por los hayedos centenarios que rodean el pueblo. Aquel día preparó la comida de su hijo Bautista, que trabajaba de camionero, saludó a su nuera, que se afanaba en la huerta, y se alejó de casa acompañada por su perro Beltza. La prensa de la época detalla que llevaba “un vestido azul estampado con flores, una chaqueta oscura de punto y un bolso negro”. Una vecina que estaba “trabajando las hierbas” la descubrió después de comer caminando por una vereda “angosta y difícil” que conduce a Azpirotz. Se estaba construyendo entonces la autovía Pamplona-San Sebastian y las excavadoras habían removido el paisaje haciendo más difíciles y escarpados los caminos. Agustín Tercero Romero, un empleado de las obras, la observó “sobre las cuatro y media” junto a un camino cortado, a la entrada de un túnel: “Una hora después, cuando nos íbamos de aquí, estaba con el perro al borde un cortado. Pero ni nos saludó ni nos paró ni nos pidió nada”.

La familia se empezó a alarmar a las ocho, cuando ya oscurecía. Algunos vecinos salieron a rastrear los alrededores del pueblo y se avisó a la Guardia Civil, que envió cuatro patrullas. Unos y otros se fatigaron durante toda la noche ayudados con linternas, pero los esfuerzos resultaron inútiles. Al amanecer se incorporaron a la búsqueda varios perros adiestrados y tampoco ellos lograron dar con su rastro. Se barajó la posibilidad de que se hubiera desorientado al tratar de llegar a Azpirotz, donde tenía unos amigos a los que deseaba visitar, pero también se contempló la opción de que hubiese parado a algún conductor con el fin de viajar a Pamplona o San Sebastián, donde vivían unos familiares. Había además otro hecho inquietante: María Concepción no llevaba consigo la medicina que debía tomar diariamente para aliviar sus problemas cardiacos.

El perro Beltza apareció a los dos días, sediento, famélico y manchado de barro. No aportó ninguna pista. Y tampoco el helicóptero enviado desde Sos Navarra sirvió de mucho.

Después de recorrer palmo a palmo los alrededores del pueblo durante cinco días, las esperanzas de la familia empezaron a decaer. “No queda ni una piedra por revolver”, se lo resumió el hijo de María Concepción Garro a un periodista que quiso seguir el rescate desde el terreno. “Queremos que aparezca —añadió—. Viva o muerta, pero que aparezca.  Sin embargo, dejó en casa la medicación y, si no la ha tomado, creemos que puede haber fallecido ya”.

A las dos semanas todos la dieron por muerta y se abandonó la búsqueda: era imposible que la mujer hubiera sobrevivido todo ese tiempo en el monte. En el pueblo se concluyó que habría caído a una sima o al fondo de algún barranco de difícil acceso.

javierijurco

Javier Ijurco, en su casa de Uitzi, poco después de haber localizado los restos de María Concepción Garro. JOSÉ LUIS OLLO

Javier Ijurco fue uno de los que había participado con más empeño en los rastreos. Era pastor, tenía 57 años, vivía en Uitzi, un pueblo próximo a Gorriti, y conocía los bosques y prados que separan ambas localidades como si formaran parte del interior de Mikelenea, el caserón de su familia. El deseo de localizar los restos de María Concepción Garro incluía en su caso un componente personal: era como si una parte ya remota de su biografía le empujara a no resignarse, a seguir buscando. Y eso fue lo que hizo.
Se trataba en el fondo de una deuda de gratitud. Javier Ijurco formaba parte de una familia numerosa —nueve hermanos— que se había visto obligada a pelear cuerpo a cuerpo con las carencias de la última posguerra española. Cuando él tenía siete u ocho años, sus padres lo emplearon de criado en la casa Txontonea de Gorriti. Y allí conoció a María Concepción Garro. A pesar de los muchos y muy variados trabajos que le encomendaron, nunca olvidó aquella época: “La señora era muy buena. Nos daba de todo y nos trataba con mucho cariño, como si fuéramos sus hijos”. Y por si fuera poco argumento, aún insistía en un castellano modestísimo: “Es que hay que saber el hambre que pasamos en aquella época. No nos importaba el dinero, lo único que queríamos era comer. Ya sabe Dios cómo andábamos para conseguir un pedacico de queso. Y ella era todo cariño. Iban los pobres a pedir un caldico y salían con postre y todo. Yo estaba en su casa de pinche: ir a por huevos, dar maíz a las gallinas, llevar agua a los que trabajaban en la hierba…”.

foto cementerio de gorriti

Los restos de María Concepción Garro descansan en el cementerio de Gorriti gracias al empeño de Javier Ijurco. JMC

Él se echó al monte a los catorce años para trabajar en la madera y después con el ganado, pero el recuerdo de aquella infancia razonablemente feliz y de la mujer que la hizo posible le acompañaron durante los cuarenta años siguientes. Por eso decidió seguir buscando a su antigua benefactora cuando todos los demás se resignaron. Y por eso dedicó treinta días a recorrer en solitario cada rincón del entorno después de recoger las ovejas y atender las necesidades del caserío. Su tesón tuvo premio y el 30 de octubre de 1992, cuando ya hacía más de un mes que se había suspendido “oficialmente” la búsqueda, descubrió el cadáver de María Concepción Garro en un recodo del monte al que “no podían llegar ni las cabras”. “Estaba encima de la boca de unos túneles de la Autovía —explicó en su momento—. Es una zona muy mala, con muchas rocas. Se conoce que la señora se sentó porque estaba cansada y allí se le vino la muerte”.

Javier Ijurco avisó en cuanto pudo a la familia, que al día siguiente pudo convocar el funeral en la iglesia de San Bartolomé de Gorriti y enterrar cristianamente a la difunta en el camposanto del pueblo.

El empeño de Javier Ijurco apareció recogido en la prensa de la época, pero él no se dio ninguna importancia: “Los vascos no solemos usar refranes, pero hay uno que usan los castellanos y que dice: ‘Haz bien y no mires a quién’. Ella siempre fue así. Ayudaba a todo el mundo. Muchos iban a aquella casa a pedir y nunca salía nadie de vacío. Después de todo aquello, algo tenía que hacer yo”.

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