La noche que salté la valla

HISTORIA 9
Por Iván Benítez

Las verjas no logran frenar los flujos migratorios. “Las alambradas solo consiguen que se desvíen, creando rutas cada vez más peligrosas”, avisan desde la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). Los datos de Interior confirman esta afirmación: alrededor de 28.000 inmigrantes (70% subsaharianos) han llegado a Ceuta y Melilla entre 2004 y 2013, utilizando todas las vías posibles.

El hombre que aprece en esta serie de fotografías corresponde a uno de estos 28.000 inmigrantes. Cruzó la frontera por Ceuta en 2004. Saltó la valla. Desde 2006 reside en Navarra, donde trabaja en una fábrica de conservas. Aunque tiene todos los papeles en regla, prefiere no identificarse. Sigue sintiendo miedo. En el reportaje se hace llamar Ibrahima.

Matan a su padre
“El exiliado mira hacia el pasado, lamiéndose las heridas; el inmigrante mira hacia el futuro, dispuesto a aprovechar las oportunidades a su alcance”, escribía Isabel Allende. La historia de coraje de Ibrahima arranca con la muerte de su padre. Lo mataron por un asunto político. Ibrahima tenía 24 años y su sueño era ser futbolista profesional en su país, Guinea-Conakry. Entre sus planes no existía la posibilidad de emigrar. Ni se lo planteaba. Sin embargo, tras la muerte de su padre, la vida dio un giro inesperado. A finales de 2002 partió con una mochila y 20 euros. Dos años después de salir y atravesar África, caminando y en coche, llegó a Tánger. Aquí permaneció cuatro meses escondido en un bosque. Hasta que el 8 de octubre de 2004 saltó la doble valla de seis metros de alto que separa a lo largo de ocho kilómetros Ceuta de Marruecos. Las concertinas abrieron sus manos y muñecas. Aunque a punto estuvo de morir desangrado mientras esperaba oculto en el interior de un colector –ya en territorio español–, lo consiguió. El recuerdo de sus nueve hermanos pequeños le mantuvo lúcido.

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Ibrahima. IVÁN BENÍTEZ

Cicatrices en sus manos
Han transcurrido trece años de aquella imagen sobrecogedora despidiéndose de su madre y sus nueve hermanos. Ibrahima tiene ahora 37 años y es padre de tres hijos, el tercero nació en agosto. Al sentarse frente a un café con leche bien caliente y recordar su historia, deja entrever un halo de tristeza y prudencia. En silencio, inclina la cabeza y derrama los pensamientos sobre el dorso de sus manos y muñecas. Al girarlas, las escruta. Las concertinas escribieron con sangre el último capítulo del viaje. “He sufrido mucho, pero el camino me ha hecho mentalmente más fuerte”, expresa. Se le escapa una sonrisa al evocar el momento que se encaramó a la alambrada perdiendo la gorra. “Se quedó allí”, ríe. Las cicatrices atornillan parte de su cuerpo. La noche del salto definitivo, el 8 de octubre de 2004, uno de los hierros le agujereó la muñeca derecha.

Nadie cuenta nada
“El dolor de abandonar a tu familia es el mayor sufrimiento. Peor que el que producen los cortes de las concertinas”, continúa describiendo. “Cuando caminas siempre piensas que va a ir bien. Vas con más gente y hablas con ellos sobre cómo entrar en España… No se sabe nada del peligro que uno se va a encontrar. La gente que no lo consigue y vuelve no habla mucho de ello. Yo soy partidario de contarlo para que la gente no lo intente. Porque lo he pasado fatal”, explica. Al preguntarle si ha merecido la pena, se queda pensativo. “Tengo papeles y trabajo en Navarra. Ahora puedo enviar a mi familia 400 euros al mes, pero no lo volvería a hacer”, sentencia. Ha visto morir a muchos amigos. “Yo he tenido mucha suerte…”, apostilla, aludiendo a la madrugada definitiva del salto.

Nueva vida en Senegal
Tras la muerte de su padre, Ibrahima y su familia se vieron forzados a marcharse a Senegal, al norte. Comenzaban así una nueva vida. El joven asumió el rol paterno, empleándose en todo lo que podía. Antes del amanecer acudía diariamente a buscar trabajo a una fábrica de sillas de plástico. Esperaba en la entrada a que el encargado saliese solicitando mano de obra. Generalmente, la mayoría de los días aguardaba en la puerta sin demasiada suerte. Al regresar a casa y comprobar que sus hermanos pequeños no habían comido, la guillotina de la presión le cercenaba sin piedad. Tenía que hacer algo.

Un amigo le espolea
Un día se encontró en el poblado con un amigo senegalés que no había conseguido llegar a Europa. La policía marroquí lo detuvo, abandonándolo a su suerte en el desierto. El amigo desistió y volvió a casa. Una vez en Senegal, describió la dureza física del viaje. Historias interminables que, en lugar de doblegar el ánimo de Ibrahima, le espoleó. Si la dificultad era sólo física, de qué tenía que preocuparse, pensó. Era futbolista y estaba en forma. Su corazón quedó definitivamente impregnado por el rocío de aquel relato.

Lo anuncia a su madre
A finales de 2002, tras revelar su decisión a uno de sus hermanos, se lo comunicó a su madre. Los dos lloraron. Ella temía que una vez que su hijo llegase a Europa, desapareciese como hizo su tío años atrás. Por este motivo, le impuso una condición antes de partir: debía casarse. Y así fue. Se casó. Lo que no supo Ibrahima cuando puso tierra por medio era que su mujer se había quedado embarazada.

Una mochila y 20 euros
Sólo pudo reunir 20 euros. Una mochila con dos pantalones, un gorro, dos camisetas y una chaqueta conformó el resto del equipaje. Primero viajó a Mauritania. En coche y caminando. Tardó dos días en llegar a la capital, Nuakchot. Nunca sintió miedo. Una extraña sensación de seguridad tiró de él. Gracias a la solidaridad de la gente: vecinos de las poblaciones que atravesaban y emigrantes que realizaban la misma ruta, fue sobreviviendo. En Mauritania trabajó seis meses de ayudante de fontanero. Ahorró algo de dinero y prosiguió a Marruecos.

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Ibrahima. IVÁN BENÍTEZ

Vendedor en Casablanca
En Casablanca trabajó ocho meses ayudando a un comerciante de ropa y de joyas. Después continuó a Tánger. Habían transcurrido diez meses del inicio del viaje.

Llamada telefónica
Con la mente puesta en sus hermanos pequeños, atravesó veredas semidesérticas –de día y de noche– hasta alcanzar la frontera española. Iba en grupo. En Tánger telefoneó a su madre. Entonces supo que había nacido su hija, Aisha. Feliz, se encaminó hacia lo que creía era la recta final.

15 días en prisión
En el puerto de Tánger le aconsejaron contactar con un nigeriano que le falsificaría los papeles para poder embarcar en un ferry. Pero le detuvieron. Después de permanecer en el calabozo tres días, Ibrahima ingresó en prisión. “Lo pasé fatal. Estábamos hacinados. La policía me quitó la ropa y los 30 euros que llevaba”. En la cárcel se relacionó con otros subsaharianos en su misma situación. Quince días después les liberaron. “Un juez me dijo que nos iban a deportar a nuestros países en avión. ¡Pero nos mintieron! ¿Cómo puede permitir Naciones Unidas que Marruecos abandone a la gente a su suerte en un país que no es el suyo?”, inquiere, elevando el tono.

Deportado a otro país
“Te mantienen en prisión hasta que consiguen el número suficiente de personas como para llenar un autobús. Entonces, te deportan a otro país. ¡Y yo pensaba que eso era ilegal!”, reitera, indignado. “De dos en dos, esposados, la policía marroquí nos metió en un autobús que condujo a Oujda (frontera con Argelia)”. Una vez en la divisoria, “nos apuntaron con sus ametralladoras y nos obligaron a cruzarla. Sin agua y sin comida. Algunos policías nos pidieron perdón por lo que estaban haciendo. Decían que les obligaban”.

Violaciones en Argelia
A punto de caer la noche, atravesaron la frontera. Los militares argelinos “corrieron hacia nosotros para robarnos el dinero y los teléfonos móviles. Por suerte, en nuestro grupo no había mujeres. He escuchado que las violan”, sostiene, cambiando el gesto. Acto seguido sonríe al rememorar cómo burló a los militares argelinos gracias a su condición física. “¡Corrí y no me cogieron!”. Durante ocho horas, de noche, bordearon la frontera por el desierto. “Continuamos en grupo. Unos chicos conocían la ruta. Nos refugiábamos en casas. Hasta que pudimos entrar de nuevo en Marruecos”. En el país magrebí los subsaharianos debían moverse de manera furtiva, “con los ojos bien abiertos”, atentos a la amenaza permanente de los policías.

Cuatro meses en un bosque
“En Tánger nos escondimos en un bosque cercano al puerto de Ceuta. A dos kilómetros”, calcula. “En el campamento había jefes. Tantos como países. Ellos se encargaban de gestionar los saltos y llevarse el dinero”, revela. “Teníamos que pagar un mínimo de 500 euros por saltar la valla, y yo sólo llevaba cien: 50 en el calzoncillo para cuando entrase en España. Los otros 50 los gasté en comida”. Los recién llegados al bosque se encargan un tiempo de la manutención del resto.

Un nido de piojos
Por la noche la gente se guarecía en el bosque en chozas de hojas y ramas. “El campamento era un nido de piojos. Vivíamos peor que los animales. Estábamos completamente sucios y con los cuerpos llenos de ronchas blancas de tanto rascarnos. Cruz Roja solía acercarse para echarnos una mano”.

Los jefes dictan las normas
“Los jefes se enriquecen a costa de nuestros sueños”, denuncia. “Y cuando aparecían mujeres, éstas tenían que satisfacerles sexualmente. Incluso las obligaban a prostituirse para ganar dinero para ellos”, evidencia. “A la hora de cruzar la frontera –una vez que habían sobornado a la policía marroquí–, los jefes establecían las condiciones: el día del salto, la hora y el precio final”. Hay dos maneras de acceder, detalla, con salvavidas, cuyo coste asciende a unos mil euros, y saltando la alambrada. “La primera es la más peligrosa, porque cuando la policía marroquí te ve en el agua lo deshincha, y muchos no saben nadar”.

Buscarse la vida
Sin dinero, no le quedó otra opción que buscar por su cuenta y riesgo la manera de pasar la frontera. Los cuatro meses que permaneció oculto en el bosque lo intentó a diario. “La primera vez que alcancé la valla lo hice con un grupo”, recuerda. Esa mañana se toparon con dos policías marroquíes. Apresaron a uno. “Para liberar a nuestro amigo los gendarmes nos pedían dinero. Como hablo árabe y francés me acerqué a negociar con ellos. Entre todos reunimos mil euros y se lo ofrecimos. Accedieron. Además, nos aseguraron que nos dejarían saltar, pero teníamos que esperar porque la Guardia Civil estaba al otro lado vigilando”. Sin embargo, los subsaharianos, impacientes, no acataron la consigna de los marroquíes. Descendieron la montaña antes de la hora, precipitándose contra la malla de acero. La Guardia Civil impidió el salto y la policía marroquí tuvo que intervenir efectuando varias detenciones. Ibrahima salió indemne.

Al día siguiente, de madrugada, de nuevo trató de acercarse a la valla. Al ser el más fuerte del grupo, era el primero en asomarse y comprobar la situación. Si detectaba la presencia de las fuerzas de seguridad, salía corriendo y avisaba al resto. Esa madrugada, los policías dormían. Aprovechando la ocasión, se acercó todo lo que pudo, pero un perro le descubrió. Ríe al rememorar el momento. “Los gendarmes se despertaron y me siguieron con sus linternas. Caí en mitad de un zarzal y me pinché todo el cuerpo”. Cada vez que los inmigrantes intentaban saltar, la policía aparecía violentamente en el bosque, “arrasando con todo y golpeando a los que pillaban”.

El salto final: año 2004
“No me rendí nunca. Los cuatro meses que me escondí en el bosque, lo intenté todos los días. Y casi siempre volvía malherido por las concertinas o los pinchos de las zarzas”, repite una y otra vez a lo largo de la entrevista.

Hasta que el 8 de octubre de 2004, a las 22 horas, dos años después de partir de Senegal, en una noche de lluvia y frío, lo consiguió. “Íbamos un grupo de 15 personas. Gente de Gambia, Malí y Guinea. Hacía mucho frío y llovía. Pensamos que con el mal tiempo la policía no estaría vigilando. Yo era el único que no llevaba guantes. Habíamos preparado unas escaleras con ramas para escalar. Con la lluvia no veíamos nada. Caímos por un barranco. Una vez que llegamos a la valla y comprobamos que no había guardias, colocamos las escalera y trepamos. La primera valla era alta y con mucho alambre (concertinas). Me corté las dos manos”.

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Ibrahima. IVÁN BENÍTEZ

La policía interviene
La Guardia Civil no tardó en descubrirles. Ibrahima, asustado, se percató de que un hierro había atravesado una de sus muñecas. “Saqué el hierro y empecé a sangrar. Me arrojé al vacío. Caí al suelo y me levanté a toda prisa. Corrí en sentido contrario a mis compañeros hasta el límite de una carretera”. Una vez dentro, en suelo español, los inmigrantes sabían de la existencia de una tercera alambrada más pequeña pero también con concertinas. “Menos mal que la vi a tiempo y salté”. Ibrahima cayó derrotado. “Estaba agotado”. Se quedó tumbado un tiempo para que no le localizasen.

Escondidos en un colector
Un chico de Malí y dos de Gambia se unieron a Ibrahima. “Hacía mucho frío y teníamos mucho miedo. Vimos un agujero, como un túnel con agua (un colector), y nos metimos dentro”. Mientras, en el exterior, sus compañeros eran detenidos y devueltos a Marruecos. (En 2004 ya se llevaban a cabo las llamadas devoluciones en caliente). “Eran las cuatro de la madrugada y no sabíamos qué hacer. Había perdido mucha sangre. Salimos del agujero muertos de frío en busca del CETI (Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes). Atravesamos campos de maíz y un bosque. Estuvimos toda la noche buscando el centro. Dimos muchas vueltas, hasta las seis de la mañana. Cada 15 minutos me turnaba la cazadora con el resto de compañeros para que se calentasen. No llevaban nada encima. ¡Y mi gorro se había quedado en la valla!”. Uno de los dos chicos de Gambia también estaba malherido. Las concertinas le habían fileteado las manos. “Y perdía mucha sangre”. Al amanecer, por fin, dieron con la carretera general. “No quería esconderme más. Estaba muy débil”.

Llegada al CETI
Dos jóvenes españoles les recogieron en su coche. “Nos pidieron 500 euros por llevarnos al CETI. Sólo me quedaba el dinero que guardaba en el calzoncillo, los 50 euros. Se los di. Nos dejaron a cincuenta metros del centro”.Ibrahima permaneció seis meses en este sitio. “Te tratan muy bien, haces cursos y te ayudan en todo…”. Sin embargo, evoca con tristeza un episodio. “Un día la Guardia Civil entró para sacar a la gente de Nigeria y se llevaron por error a uno de los chicos de Gambia. Lo confundieron. El chico gritaba llorando que era de Gambia”. Una vez que obtuvo los papeles para viajar a la península, consiguió un contrato de panadero en Extremadura. Y un año después conoció a un amigo senegalés en Navarra. “Como me sentía muy solo en Badajoz me fui a vivir con él”. Al finalizar la entrevista, Ibrahima manifiesta con frialdad que el viaje ha merecido la pena, pero que no volvería a saltar la valla. “Lo he pasado muy mal. Me ha ayudado a conocer la realidad. Veo la vida con otros ojos. Creía que Europa era el paraíso… y no lo es”, susurra, depositando su mirada en el fondo de una taza ya vacía. “Lo que me gustaría ahora es volver a Senegal con mi mujer y mis tres hijos”. Aisha, el nombre de su hija mayor, significa ‘aquel que vivirá’.

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