El hombre que movió los muertos de sitio

HISTORIA 5
Por Andoni Irisarri

Cecilio Urío Gorospe no tenía ningún miedo. Él solo era un labrador de Obanos, por eso no daba demasiada importancia a las advertencias que le hacía su hermana, con la que se había citado para comer en Pamplona. Era 25 de julio de 1936, y juntos celebraban la festividad de Santiago.

–Dicen que ya están deteniendo a gente por la zona.
–Yo no tengo por qué esconderme de nadie. No he hecho ningún mal –contestó.

No se supo mucho más de Cecilio. Durante años, lo sucedido tras aquel encuentro supuso una incógnita para buena parte de la familia. Como en otros muchos casos similares, el paso del tiempo, la vida en el entorno rural y la dinámica que iba adquiriendo la dictadura de Francisco Franco fue cubriendo las incertidumbres del suceso con el íntimo velo del tabú.

Ángel Urío García apenas contaba catorce años cuando se enteró de la suerte de su abuelo. Lo supo gracias a la confesión de un niño de su pueblo, tres o cuatro años menor que él. Aquel niño era Miguel Sánchez-Ostiz.

“Miguel me contó que a mi abuelo lo habían matado unos falangistas”, recuerda. “Por aquel entonces, Miguel solía pasar algunas temporadas en Obanos, en casa de un tío suyo que estaba soltero y era muy de izquierdas”, añade. Aquel relato removió la conciencia de Ángel Urío y plantó la semilla de un propósito que terminó por eclosionar en 1978: buscar el lugar donde fusilaron a su abuelo.

Entonces comenzó a rastrear archivos y a recopilar testimonios. Entre partidas de defunción e informes de las juntas generales de guerra carlistas trazó cronologías y comprobó cómo su abuelo no había sido el único fusilado de Obanos. Algo que, por otra parte y sin necesidad de investigación alguna, ya se sabía en el pueblo, donde se pensaba que al menos otros doce vecinos habían sido ejecutados en Cadreita poco después del estallido de la Guerra Civil. Por eso, cada año, las familias de los obaneses fusilados en 1936 viajaban hasta el corral de Valcaldera para rendir homenaje a los suyos. Durante más de treinta años, llevar flores hasta la fosa en la que fueron arrojados 52 cuerpos tras haber sido fusilados constituyó el mayor homenaje a la memoria posible, en tiempos en los que rebuscar entre cunetas era visto como un obstáculo en la tarea de pasar página a uno de los capítulos más incómodos de la historia reciente de España. Mientras tanto, Ángel Urío seguía alternando su trabajo en Mepamsa con las labores de búsqueda de su abuelo.

Seis siluetas fueron clavadas en el alto de las Tres Cruces de Ibero para recordar a los fusilados. L.C.

Seis siluetas fueron clavadas en el alto de las Tres Cruces de Ibero para recordar a los fusilados. L.C.

Un día de 2013, casi de casualidad, dio con el expediente de Jesús Astráin Aget, uno de los trece desaparecidos tras el inicio de la contienda. Su nombre aparecía ligado al de Abdón de Luis Lasterra, un vecino de Berbinzana que había ingresado en la cárcel de Pamplona el 1 de agosto de 1936 y al que se le acusaba de haber cortado el cableado telefónico de su pueblo con la intención de evitar que los sublevados estableciesen contacto con el cuartel de la Guardia Civil de Miranda de Arga o Larraga. De Luis encabezaba una lista de presos liberados el 29 de octubre de aquel año, y en la que figuraban seis de los trece obaneses. Junto con la notificación de la salida de la cárcel, una partida de defunción señalaba que Abdón de Luis Lasterra había fallecido ese mismo día, y se encontraba en Ibero. Ángel Urío, al descubrir aquel documento, no pudo evitar sacar sus propias conclusiones.

“Si Abdón de Luis Lasterra falleció el mismo día de su puesta en libertad y se encuentra en Ibero, aquellos que acompañaron en la lista a De Luis corrieron, casi seguro, la misma suerte”, deduce. Jesús y Rogelio Astráin Aget, Teodoro Jaurrieta Beaumont, Benjamín Zabalegui Vallejo, Pedro Lategui Santamaría y Rafael Ros Gosas, todos ellos afiliados a UGT para poder arar las tierras de un comunal situado cerca de Obanos, fueron liberados el 29 de octubre de la cárcel de Pamplona para ser inmediatamente conducidos en un camión hasta el alto de las Tres Cruces, en Ibero, donde fueron fusilados y enterrados. El corral de Valcaldera, lugar al que muchas familias de Obanos habían acudido durante más de treinta años con flores, no contenía ni rastro de los suyos.

“Todavía me acuerdo de la llamada que me hizo la nieta de Rogelio Astráin. Me contó que durante treinta años habían ido ella y toda su familia desde Vitoria hasta Valcaldera para homenajear a su abuelo. No daba crédito con que no estuviese allí. Me dijo: ‘Cuánto tiempo hemos estado equivocados’”, recuerda Ángel Urío.

El vasto fondo documental al que tuvo acceso setenta años después de la contienda conformaba un rompezabezas sobre el que ya empezaba a imponerse cierta lógica. Tras muchísimas horas de investigación, a través de las fechas y los expedientes que le permitieron dar con la localización de la fosa de Ibero, Ángel Urío pudo trazar una cronología que le ayudó a reconstruir la desaparición de su abuelo, al menos en parte.

Cecilio Urío Gorospe no fue el único, pero sí el primer represaliado de Obanos: su partida de defunción indica que murió el 31 de julio, una semana después de que su hermana le hubiese advertido de que ya se estaban produciendo detenciones. “Lo que pasó entre el 25 de julio y el 31 de julio, fecha en la que lo matan, no lo sabemos con exactitud”, precisa su nieto Ángel. Cecilio Urío segaba unos campos en la localidad de Antxoriz cuando fue abordado por tres falangistas que lo habrían reconocido, y lo detuvieron. “A partir de ahí, no sabemos mucho más. Atendiendo a las fechas, seguro que no pasó ni por la cárcel: por el cuartel de los falangistas en Pamplona, como mucho. De ahí, a fusilar a Olagüe”, asegura Ángel Urío. Los falangistas condujeron a Cecilio Urío hasta una zona boscosa situada entre Olagüe y Lanz, donde lo mataron. Después, arrojaron su cuerpo a una zanja entre la espesura. Hoy, a pesar de que Ángel Urío y su familia tienen localizado el lugar donde hace 79 años mataron a su abuelo, no pueden rescatar sus restos. “Fíjate que es mala suerte: ese sitio es ahora un vivero de pinos. El terreno es muy inestable, y no se puede andar haciendo agujeros y arrancando pinos para hacer las excavaciones. Toda la vida buscando, buscando, y al final sin sacar al abuelo”.

El 31 de octubre de 2015, el alto de las Tres Cruces de Ibero acogió el primer acto de homenaje en honor a los seis vecinos de Obanos fusilados en octubre de 1936. Por primera vez, sobre el mismo lugar donde 79 años atrás fueron asesinados, varios familiares clavaron seis siluetas negras en las que podían leerse nombres y una fecha. Tras la lectura de un último manifiesto, Ángel Urío García, aquel trabajador de Mepamsa que en 1978 decidió buscar a su abuelo, solo contempló un último deseo. Que sus investigaciones, que han permitido a varias familias encontrar el paradero real de los suyos, algún día se culminen con la recuperación de los restos. “A ver si ahora los exhuman a todos pronto. No vaya a ser que desaparezcamos los que reclamamos”.

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