El joven viejo que vive en el mar

HISTORIA 4
Por Brais Cedeira

El capitán Lázaro Larzábal, una leyenda de 80 años, pasó los últimos cincuenta en el puente de mando. Ya retirado, sigue viviendo en el mar: su casa es su velero, amarrado en el puerto de Baiona.

—Me hice capitán de barco solo con 17 años.
—Qué pronto, ¿no?
—Digamos que yo era un viejo joven.
—¿Y ahora?
—¿Ahora? ¡Ahora igual! O un joven viejo, según cómo lo veas.

En el Monte Real Club de Yates de Baiona (MRCYB), uno de los principales destinos turísticos de las Rías Baixas, se halla atracado el Itxas-Ertz, que en euskera significa borde del mar, es decir, horizonte. En ese extremo, en un velero de unos 15 metros de eslora, vive el capitán Lázaro Larzábal. En el preciso instante de nacer, en el San Sebastián de hace 80 años, quedó ligado al mar. «Entre mis antepasados había capitanes y armadores de diferentes épocas: mi padre, sin ir más lejos. Y yo nunca quise otra cosa».

El capitán Larzábal tiene la piel morena, bronceada por el sol y el salitre; es delgado pero fibroso. Sus manos, firmes y ásperas, están agrietadas por viejas cicatrices,  recuerdo de la manipulación de las cuerdas, el velamen y otros aparejos de la pesca de altura. Lázaro Larzábal es una leyenda de la captura del bacalao. Salvo por la pipa, acaso oculta en la pechera, posee el aspecto noble y grave de todo marinero: el auténtico lobo de mar.

Una particular residencia
Vivir en un barco velero no es lo más común. Dormir en medio de un temporal, sin ir más lejos, puede convertirse en toda una odisea. Pero el capitán Larzábal está hecho de otra pasta: «¿La cama? ¡La que no es cómoda es la de casa! Es muy curioso: cuando duermo en medio de una tormenta lo hago a pierna suelta; sin embargo, cualquier ruido que no sea de un barco me despierta. Solo aquí me encuentro en mi hábitat natural». Sin el mar, el capitán Larzábal no sería el capitán Larzábal.

lázaro

La vida del capitán Larzábal quedó ligada para siempre al mar, casi desde que nació. XOAN CARLOS GIL

Su vida en la villa de Baiona, que conoció con 17 años, en su primera travesía al mando de un buque de gran calado, transcurre como otra cualquiera. «Existe tan solo una diferencia: mi casa es mi propio barco», reconoce. Ahí se halla su propio ecosistema. Es su refugio personal. En el Monte Real Club de Yates de Baiona es un habitante perpetuo. También querido. Los trabajadores lo conocen como si de un amigo se tratase. Las brújulas, radares, el sonido de las olas y el quejido de las gaviotas configuran los muebles de su particular hogar. Aunque no está empadronado en Baiona, sino en Las Palmas de Gran Canaria. En el muelle dársena deportiva 12, en concreto. Siempre en el mar.

Su pericia al timón le ganó amplia fama. Posee, de hecho, el récord de descarga total de bacalao: 4.480 toneladas de pescado fresco. «Navegué por todo el mundo, sobre todo en Terranova y Groenlandia. Siempre fui por mi cuenta. A muchos no les gustaba que fuese por libre, pero a mí me iba bien así. Era el que más pescaba», narra el capitán.

Tragedia en el Cantábrico
Pero no todas las historias son bonitas. A veces, la vida zarandea como las peores olas. Fue en el año 1962, en el golfo de Vizcaya. El capitán Larzábal realizaba una travesía en el Arrizabala-Echevarría. Se trataba de una expedición pesquera conjunta con otro buque, algo menor, el  Valle de Mena, en aguas del Cantábrico.

Tras varias noches, ambos barcos se separaron. Tras una fuerte tormenta, Larzábal perdió la pista de sus camaradas del Valle de Mena. A los pocos días, el 3 de abril llegaba una señal  de socorro a la estación de radio de Burdeos. El mensaje provenía del Valle de Mena. Su tripulación daba señales de vida: informaban de que el buque se encontraba a la deriva, acusando serias averías en la sala de máquinas. Zarandeado por el temporal, nada se sabía de sus tripulantes.

Sin éxito, Lázaro busca a sus compañeros durante varios días. Pero el 5 de abril, a las seis y media de la tarde, encuentra dos botes salvavidas luchando contra las olas. Sobre uno de ellos un hombre clamaba auxilio. Sobre el otro yacía, inerme, un cadáver. Pronto les reconocieron. Ambos pertenecían al Valle de Mena, todavía en paradero desconocido.

Dos días después, divisaron una lancha a la deriva. De ella, según cuentan algunos de los tripulantes, provenían gritos que clamaban auxilio. Se acercaron cuanto pudieron a la lancha. No era posible echar un cabo. Las olas barrían el barco, también la lancha y al náufrago que yacía sobre ella. Se ahogaba. Para cuando sus hombres se dieron cuenta, Lázaro se había lanzado al agua.

El capitán recuerda cuando se arrojó por la borda al rescate de su marinero. Nadando como un loco, alcanzó la balsa. “Rompí amarras y me até al herido. Entonces desde el pesquero tiraron del chicote y nos subieron a bordo”, rememora el capitán Larzábal.

Ya en cubierta, le aplicaron cuantos cuidados pudieron. Pero era ya demasiado tarde. Murió antes de llegar al hospital. El escritor Manuel Rodríguez Aguilar narra el suceso, en boca de uno de los tripulantes del barco, en el libro Marina Mercante en el País Vasco (1960-1990): «Nos atravesaban las olas pero, para cuando nos dimos cuenta, el patrón se había amarrado un chicote y se había tirado al mar desde babor. Estar en cubierta era un peligro y nosotros, a fuerza de golpes y bien amarrados, pudimos sostenernos mientras él nadaba como un loco hacia el bote. Lo veíamos subir y bajar por las olas, hundirse, flotar, pero Lázaro reaccionó enseguida». El suceso dejó cicatriz en el capitán Larzábal. Le infringió una marca imborrable. Pero en el momento crítico no lo pensó ni un instante. “El día a día en un barco te acerca de tal forma a los demás que cada uno de ellos es como un hermano. No dudé ni un momento”. A riesgo de acabar con su vida, la ofreció por uno de ellos.

De todos los años en el mar, hay cosas que no se olvidan. «Es duro perder de esa forma a alguien tan cercano. Pero el mar es así. Además de él, he perdido otros tres en estos cincuenta años», revela Lázaro Larzábal.

Un apacible epílogo
Su última campaña en alta mar fue hace ocho años. Cuando terminó, decidió no abandonar el barco y se quedó a bordo en el puerto deportivo de Baiona. Allí vive su hija. Cada tarde va a buscarla a la salida del colegio. Inmerso en esa nueva vida, aún hoy no se termina de hacer a la pausa, al sosiego que le proporciona una vida ya estática, sin tanto ajetreo. El influjo de las mareas, el romper del mar contra las rocas… Lo salvaje del medio: eso le caracteriza.

Tras años comprometido con el devenir de las olas, tras una vida plagada de los sonidos propios de un buque, cabe preguntarse qué ha sido de la familia. Resulta una pregunta ineludible en un relato vital tan anodino. «No, la vida de un marinero no es normal. Yo he perdido unas cosas pero he ganado otras. Al final, siempre tienes que elegir el plato que más te guste: O Terranova… o San Sebastián. Y a mí el mar siempre me ha gustado mucho. Nunca me he arrepentido de nada». Lo dice con sosiego, tras haberlo visto todo en su vida desde el puente de mando. Es como Nemo en su Nautilus, el cronista que teje un auténtico palangre de historias. El suyo es el cuaderno de bitácora de toda una vida.

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