El WhatsApp de Dios

HISTORIA 2
Por María Jiménez

Si no se registra ningún nuevo caso, el 7 de noviembre Sierra Leona será declarado libre de ébola. Las vivencias de la religiosa Elisa Padilla, testigo en primera línea de la epidemia, son el sismógrafo de la historia de un país que resiste ante la adversidad gracias al arrojo de personas excepcionales.

“Si no consigo una ambulancia, soy capaz de cargarme a Manuel a la espalda”. Era septiembre de 2014 y la hermana Elisa Padilla, superiora de las Misioneras Clarisas en Sierra Leona, acababa de confirmar que el misionero español Manuel García Viejo, director médico del hospital más cercano a su misión en Lunsar, se había contagiado de ébola. “Corrí entonces al Sagrario: ‘¡Sálvalo, Señor! ¡Sálvalo, Madre mía!”, relató en una carta que le dirigió al también misionero José Luis Garayoa. La religiosa había vivido en primera línea los devenires de la epidemia, pero en aquella ocasión las garras de la enfermedad la tocaban aún más de cerca. Sin tiempo a sobreponerse, se fijó un objetivo: salvar a Manuel. Para ello necesitaba que el misionero viajara a Freetown, donde despegaría el avión que lo trasladaría a España. Tras algunas gestiones con un anticuado teléfono móvil, logró hablar con el ministro de Finanzas de Sierra Leona y le pidió que, en pleno toque de queda, enviara una ambulancia para Manuel. Al conocer que la religiosa había logrado su hazaña, un cirujano español que trabaja en el país africano, Javier Atienza, le confesó a Garayoa: “Estoy seguro, Grandpa, que esta monja tiene el WhatsApp de Dios”.

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Desde pequeña, la religiosa Elisa Padilla quiso estar en Sierra Leona. GONZALO ARALUCE

Aquella no era la primera vez que el devenir de ese pequeño rincón de África occidental ponía contra las cuerdas a la misionera. Nacida en México en 1959, supo que quería ir a África desde que, de pequeña, leía en su casa revistas como Aguiluchos, editada por los Misioneros Combonianos. Antes de recalar en su particular tierra prometida, hizo escala en Roma, donde recibió formación religiosa, y en Irlanda, donde perfeccionó su inglés en la residencia universitaria que gestionan las Misioneras Clarisas. Su deseo se cumplió en 1990, cuando pisó por primera vez Sierra Leona.

Por entonces el país ocupaba ya los últimos puestos en las estadísticas de pobreza de Naciones Unidas. Una deuda rampante, una corrupción casi institucionalizada y la sombra colonial de Reino Unido hicieron el resto. “Negar que el primer contacto con Sierra Leona me causó impacto sería mentir —admite la religiosa—. Cuando uno llega al aeropuerto de Lungi y recorre las 66 millas de distancia a nuestra misión, se da cuenta de la gran pobreza de la gente, pero al mismo tiempo el gran corazón que tienen: por todo el camino se ve gente que saluda aun sin conocernos. Eso me ayudó a ver la capacidad acogedora de esta gente como su mayor riqueza”.

El zarpazo de la guerra
La guerra civil comenzó poco después, en 1991. El conflicto avanzó a paso lento por el país, pero fue arrasando todo lo que aparecía a su paso. Muchos sierraleoneses reconocen ahora que entraron en una espiral de violencia sin sentido, que luchaban porque sí, a ratos con una crueldad inusitada. Quince años después del comienzo de la guerra, Hollywood filmó una película protagonizada por Leonardo Dicaprio y que llegó a los cines como Diamante de sangre. Los primeros minutos de la cinta resumen sin anestesia la dureza de la contienda. La primera vez que se sentó frente a una pantalla para ver la película, la hermana Elisa tuvo que salir de la sala cuando apenas habían pasado quince minutos: “Parecía que todas las escenas que había vivido venían a mi mente en tropel”.

Una de aquellas vivencias de la guerra marcó el devenir de la congregación. Mientras la mayoría de cooperantes y ONGs habían abandonado el país, los misioneros resistían en sus bastiones en medio de huidas inesperadas y de comunicaciones cifradas entre las misiones. Un día, los rebeldes llegaron de improviso tras ser derrotados en la capital. Los misioneros se echaron a correr. Algunos fueron capturados. Otro grupo, en el que se encontraba la hermana Elisa, caminó por el bosque durante dos días. Una noche, cuando se disponían a dormir a la intemperie, se escuchó un grito: “¡Corred!”. Una de las hermanas, ya mayor, sufría malaria y no podía moverse. La hermana Elisa y un sacerdote se quedaron a ayudarla. “Mientras la levantábamos, nos sorprendieron unos rebeldes —rememora la religiosa—. Nos obligaron a arrodillarnos y empezaron a disparar, perforando los botes de agua que llevábamos. Después, apoyaron sus armas en nuestras espaldas y comenzaron a disparar al aire. Nunca sabremos el porqué, pero después de un tiempo que nos pareció una eternidad, los disparos se fueron alejando. Los tres nos giramos para vernos y, mirando al cielo cubierto de estrellas, rezamos un Avemaría. Ella, nuestra Estrella, nos protegía”.

Aquel episodio aceleró la salida de las misioneras del país. La hermana Elisa recaló en California, donde la congregación dirige varias instituciones educativas. Durante los años de ausencia algunas imágenes de la guerra volvían con frecuencia a su cabeza. Una de ellas la tenía especialmente apuntalada: la de un niño llorando atado a la espalda de su madre, que yacía muerta en una aldea recién arrasada por los rebeldes. La religiosa lo vio desde el convoy en el que huían de los atacantes. “He pedido siempre por ese pequeño, para que hubiese alguien con más valor que yo que se detuviera a desatarlo y lo llevara a casa”.

Héroes en tiempo de ébola
El final de la guerra en enero de 2002 propició el regreso de los misioneros a Sierra Leona. Los niveles de desarrollo del país había retrocedido varios años y la sociedad se enfrentaba al reto de recomponer sus lazos tras una década de violencia. La hermana Elisa se puso de nuevo al frente de la escuela femenina en Lunsar, a la que acuden más de 2.000 niñas. Hacerse con las riendas no fue tarea sencilla: algunas alumnas habían luchado en las filas de los rebeldes durante la guerra y otras habían sido sus víctimas. “El carácter de las chicas cambió: antes de la guerra eran dóciles y raramente respondían. Después de la guerra, hasta retaban a la autoridad”, reconoce la religiosa.

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Elisa Padilla es misionera en África, pero la pobreza no es un obstáculo para ella. HUGO GAINZARAIN

Pero hubo un motor que guió buena parte de la posguerra: el perdón. “Es de admirar la capacidad de perdón que esta gente tiene —admite la hermana Elisa—. O será que su afán por vivir el presente con intensidad sin preocuparse del pasado y del futuro les ayuda a sobreponerse a las experiencias vividas”.

Sin embargo, aún quedaban zancadillas en el camino. La más grave ha sido la epidemia de ébola que se desató en febrero de 2014 y que llevó al país, de nuevo, al borde del precipicio. La enfermedad afectó a más de 14.000 personas y se cobró la vida de casi 4.000. De los países afectados por el virus, Sierra Leona ocupa el primer puesto en número de contagios. En una carta dirigida a la parroquia de Santo Domingo de Padua de Coronado (Costa Rica), la superiora relataba que, en medio del horror, había sido testigo de actos heroicos, como el de una enfermera que, ante el cadáver de una mujer que dio a luz en la calle, tuvo el arrojo de cortar el cordón umbilical y salvar al pequeño, que lloraba junto a una madre a la que jamás conocería.

El envite del contagio y el posterior fallecimiento del misionero Manuel García Viejo hizo que, incluso, los pilares de su fe sintieran un cierto tambaleo. “La fe me sacude y grita que no puedo ser sensible solamente al dolor de quien es mi hermano y amigo, sino que debe alcanzar a cada persona que sufre”, admitía la hermana Elisa en su carta a José Luis Garayoa.

Si no se registra un nuevo caso, el 7 de noviembre se declarará al país libre de ébola. Antes, en abril de este año, las escuelas volvieron a abrir sus puertas después de nueve meses cerradas a cal y canto. Por entonces, la hermana Elisa escribió un correo a sus allegados contándoles cómo había vivido la vuelta a la normalidad: “Poco a poco se fueron llenando las calles de estudiantes. Algunos se asomaban detrás de las casas para asegurarse de que no eran los únicos. Otros tímidamente pasaban el portón de la escuela cerrando los ojos al sentir el termómetro cerca de sus frentes. Si, aun cuando el uso del termómetro y el lavarse las manos ha sido nuestra práctica más común desde que inicio el ébola, ¡hoy era diferente! Era el pase para iniciar una nueva etapa”.

Ahora, en la paulatina vuelta a la normalidad, los niños entonan de nuevo una canción que se hizo popular en las escuelas después de la guerra. La letra habla de los deseos del pueblo para que “Mama Salone” —como llaman al país popularmente—, un lugar rico de materias primas, se convierta algún día en el paraíso que hasta ahora no ha logrado ser. Entretanto, la religiosa continúa haciendo frente a adversidades diarias, como las inundaciones que asolaron la capital hace unas semanas: “El Señor nos ama mucho, pues no salimos de una, cuando entramos en otra”.

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